El hombre que detuvo a Roldán

Belloch, el ariete desplomado

El papelón en el 'caso Paesa' del biministro de Justicia e Interior al que los papeles de Laos minaron sus aspiraciones aparece diluido en 'El hombre de las mil caras'

18.11.2016 | 14:03

Aventuraba el director Alberto Rodríguez antes del estreno de El hombre de las mil caras, que al exministro del gobierno socialista Juan Alberto Belloch no le gustaría nada el retrato que se hace de él en su crónica de las andanzas del espía Francisco Paesa y del exdirector de la Guardia Civil Luis Roldán en el país de las pesadillas que fue España en los momentos más crispados delfelipismo en el gobierno. A otros testigos directos de aquellos años no les incomoda tanto la simpleza con la que se dibuja el personaje de quien soñó con ser el heredero de Felipe González –aspiración en la que coincidió en parte con otro juez, Baltasar Garzón, víctima también de la decepción engendrada en La Moncloa y posterior azote de sus antiguos aliados con la herida sangrante de los GAL– como el hecho de que la película pase de puntillas sobre su influencia en los hechos narrados.

Un poco de historia: el 14 de julio de 1993, Belloch había sido nombrado ministro de Justicia en el séptimo gobierno de Felipe González. En mayo del año siguiente sucedió como titular de Interior a Antoni Asunción, caído en desgracia tras la fuga de Roldán y que dejó a salvo su dignidad dimitiendo ante la virulencia de la tormenta. Le llamaban el superministro en algunos medios de comunicación. Pero no en todos. Otros se referían a él como el cochero de Drácula, no se sabe bien si por su rostro afilado o por suponerle labores de traslado del ataúd de su jefe. Quienes le adosan a una ambición desmedida, para Belloch la ocasión la pintaban oronda y calva gracias a la estocada y fuga de Roldán. ¿Por qué? Felipe González, el hombre de las mil victorias en las urnas, no atravesaba su mejor momento y una de las piedras más grandes que le llovían encima era, precisamente, la vergüenza nacional que protagonizaba el que fuera máximo mando de la Guardia Civil antes de descubrirse sus chanchullos.

Carambola

En ese escenario tormentoso en el que el gran líder socialista empezaba a tambalearse, un ministro que saliera ante la opinión pública como la persona que atrapó a Roldán podía acumular muchos puntos en su carrera política. Y todo con un trasfondo digno de una novela de John le Carré. En algunas moquetas periodísticas se sostenía que el vicepresidente Narcís Serra tenía otros planes para Roldán: silenciarlo antes de que pudiera irse de la lengua y poner en (más) aprietos al presidente. Traigan la cabeza de Roldán por un millón de dólares, proclamaban según algunas hipótesis. La supuesta carambola de Belloch, sirviéndose de los fondos reservados para pagar las labores mediadoras de Paesa y forjar sus propias aspiraciones políticas, eliminaría de una tacada los dos obstáculos que le impedían llegar a la cumbre.

Fue una guerra de nervios. A Roldán, sabiéndose acorralado, solo le quedaba entregarse, y Paesa, según cronistas, pretendía ganar dinero con Belloch pero consiguiendo a la vez que el PP le pusiera en la lista de favores a pagar. La versión oficial de la detención de Roldán fue que se produjo en Laos y trasladado a España. Cerdán, autor del libro que ha servido de base para la película, relató una historia muy distinta: «Roldán nunca estuvo en Laos. Hizo ver que se iba de París y a través de Francisco Paesa hizo creer que se había escondido en Laos. Pero Roldán estuvo todo el tiempo escondido en un piso de París».

El 27 de febrero de 1995, Roldán era entregado en el aeropuerto de Bangkok (Tailandia) por un agente de Laos que era en realidad un vietnamita disfrazado. Roldán pensaba que era cierto el pacto para que solo pudiera ser juzgado por cohecho y malversación. Fue el primer engañado. Pronto llegaría el segundo. Belloch se asomó a las pantallas de televisión con semblante de estadista para narrar la operación como si de una película de acción se tratara. Cuando le preguntaron si hubo negociación previa, el doble ministro respondió: «El gobierno nunca negocia». Nada de pactos. Tras la publicación al poco tiempo en un medio de comunicación de los falsos papeles de Laos, en los que las autoridades del país asiático se «comprometían» a entregar a Roldán a España aunque en realidad habían sido falsificados por Paesa, Belloch volvió a comparecer para rectificar y admitir que no sabía si Roldán se entregó o fue detenido. Vaya papelón. Y sus detractores sospechan que Belloch, aquel superministro que también supo lo que era convivir con la locura etarra y que un día tal vez se miró al espejo y vio reflejado a un futuro presidente del gobierno, pasó a engrosar las listas de quienes ven corrompido su sueño. 

En una entrevista publicada hace dos años, Roldán aseguraba que el dinero que él tenía una cuenta suiza fue a parar a las alforjas de Paesa sin que Belloch ni la Policía movieran un dedo: «No hay ninguna posibilidad legal, ninguna, de que puedan reabrirse las investigaciones. Está todo prescrito y perdido. Ya me lo dijeron en la Fiscalía hace cuatro años. No hay explicación posible para entenderlo, pero es así. Todo está archivado. También el delito de blanqueo. Paesa me engañó y se salió con la suya. Es lo que hay». Y añadía: «Y no sólo se contentó con todo ese dinero, sino que además cobró del Ministerio del Interior. Belloch le pagó 1,8 millones de euros, 300 de las antiguas pesetas». Para Roldán, Paesa era un hombre intocable gracias a un pacto con la policía. A nadie le interesaba su regreso a España y que se agitaran las aguas más turbias de la historia reciente. Así que Roldán culpaba al Gobierno de González, es decir, a Belloch, de remover Roma con Santiago para proteger a quienes estaban detrás de los papeles de Laos, farsa con la que Paesa convenció a Roldán para regresar a España. 

Montaje

Hace dos años, el hombre al que sucedió Belloch, Antoni Asunción, daba su versión de los hechos: «Aquel embrollo de Laos acabó como tenía que acabar. El objetivo era encontrarle, obviamente, pero no me gustó que pactasen, hubiera preferido la detención directa del fugitivo. Paesa lo falsificó todo y así consiguieron que no se le imputara la malversación de fondos, un delito que no existía en Laos. Fue un montaje que no me gustó nada. Yo no lo hubiera hecho así, y de hecho planteé alternativas».

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