Nos ponen los colores

01.07.2008 | 00:00

Horacio Eichelbaum

Está muy de moda referirse con cierto desprecio al análisis ´macro´, enfrentándolo con la visión ´micro´. Las grandes cifras, las comparaciones oportunas y las opiniones expertas nos pueden dar, por ejemplo, un panorama económico discreto, visto con un toque de optimismo y marcado por condicionamientos globales inexorables. La visión micro, en cambio, la marca el indicador de que nuestros bolsillos siempre están en el depósito de emergencia -cuando no vacíos-, nuestras hipotecas crecen y la imagen del pan se aproxima a la del caviar o el salmón. En la realidad, los dos enfoques -la tópica diferencia entre ver el árbol o ver el bosque- se complementan: la alergia a lo macro nace, simplemente, de que se presta mucho mejor a la manipulación.
Lo micro puede ser el primer plano del gol de Torres o una de las exhibiciones de Casillas. O puede ser un salto de alegría del Rey en la tribuna o la pose siempre agria del mago Aragonés. O la cara de alegría insuperable de aquel chiquillo de la Plaza de Colón que ni siquiera se acuerda de hacer los cuernos mirando a la cámara. O ese rostro que deja aflorar toda la pesadumbre del alma: el del portero alemán mientras los campeones cargan con sus medallas.
Pero todos esos gestos, cada pequeño símbolo, tiene su correspondencia en lo macro. Y lo macro no es solamente el hito de esa gran copa que aplasta bajo su peso 44 años de espera. Lo macro también nos remite al plano de lo político, de lo social y hasta de lo económico. Ahí nos llegan los recordatorios de las cifras millonarias que recompensan, seguramente con creces, a los futbolistas, y la impresionante parafernalia que convierte en mito al mundo del balompié y atrae a libar a las multinacionales que nos gobiernan. Siempre hay una visión ´más macro´: la sociedad de mercado se lleva todo a su huerto y todo lo somete a su implacable lógica de rentabilidad. Pero irse tan lejos es como buscar en las constelaciones la explicación de los avatares de nuestro humilde planeta.
Había muchas banderas rojas y gualdas en el desván, pero muchas más -ahí asoma el rabo de la globalización- se hincharon de vendernos los chinos de los ´todo a cien´. Mientras los chinos acarreaban contenedores con banderas (¿sabían ya el resultado o simplemente sabían que, pasando los cuartos, las banderas flamearían?), Aragonés renegaba con su pizarra: parecía que cada uno tenía señalado el lugar exacto del campo en el que tenía que estar para recibir el balón exacto de cada minuto? ¿Llevarían los jugadores un microchip en la sien, con el diseño de los 90 minutos? aunque quizás algún fallo hubiera borrado los primeros 15?
De repente, los ´nacionalistas´ no eran los del PNV o los de Convergencia y Unión o Ezquerra Republicana: los nacionalistas eran los españoles y las diferencias -incluyendo a vascos, catalanes o inmigrantes nacionalizados- no surgían en ningún detalle. No las encontraban las cámaras indiscretas, ni las miradas inquisidoras pretendiendo detectar ´hechos diferenciales´ y ni siquiera la simple mala leche en busca de argumentos para echar a la insaciable hoguera de las peleas de poder.
Lo macro coincide con lo micro y lo realza. Lo micro nos da la verdad humana y subjetiva de cada uno. Lo macro lo suma, lo contabiliza, lo analiza y lo resume. No lo objetiviza: sigue siendo, a una escala mayor, nuestra verdad subjetiva (la de toda España, la del mundo de hoy? ).
´Afuera´ está la crisis. ´Adentro´ está este reencuentro de España consigo misma. La fuerza de esa conquista de un equipo unido, hábil y seguro de sí mismo, hará lo suyo -vaya a saber qué- en la ´psique´ colectiva, como hacía lo suyo, con peso de lápida, el implacable goteo de los 44 años de espera.

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