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La llave de la vida

08.07.2008 | 00:00

Juan José Millás

En todas las habitaciones de hotel hay un interruptor de la luz que no apaga ni enciende nada. Lo accionas 10, 20, 30 veces, atento a la más pequeña manifestación luminosa, y todo permanece imperturbable. Al final renuncias a averiguar su utilidad, pero te acuestas con la sospecha de que quizá no hayas sido capaz de adivinarla. Tal vez haya en esa habitación una instancia que tus sentidos no perciben y cuyas lámparas dependen de esa llave. A veces, te despiertas en medio de la noche diciéndote: ya sé, es el interruptor de la nevera, o el de la luz del armario, o el del secador del pelo. Pero te levantas en ese mismo instante, pruebas y no, no era el mando de ninguna de esas cosas.
De todos modos, vuelves a la cama preocupado, preguntándote si habrás dejado encendida o apagada una lámpara que no eres capaz de ver en algún escondrijo de la habitación. Te acuestas con un poco de angustia, ignorante de lo que has hecho, como si cupiera la posibilidad, por ejemplo, de que hubieras electrocutado a alguien cada vez que lo accionabas. Después de todo, tampoco nosotros sabemos qué o quién manipula el interruptor del que dependen nuestras vidas. A lo mejor, te encuentras pletórico, eufórico, radiante, y al segundo siguiente estás muerto sobre las escaleras del metro, como si alguien, desde la habitación de un hotel situado en una ciudad remota, hubiera accionado la llave de la que dependía nuestra luz.
A todo esto, son las cinco de la madrugada, no has pegado ojo. Tienes que levantarte a las seis y media para no perder el avión de las 9. Tal vez los aviones se caen porque alguien toca una cosa que no debe en una habitación que no es la suya. En mi casa, al menos, la televisión cambia de canal de forma caprichosa. Según el técnico, estoy en manos de un vecino con un mando a distancia de una potencia inusual. ¿De quién dependen estos cambios de humor que me matan? ¿Quién maneja el mando a distancia de mis estados de ánimo, de mis emociones? Justo cuando suena el despertador, me entra el sueño de forma caprichosa. En recepción, mientras liquido la factura, pregunto para qué rayos sirve el interruptor que me ha tenido en vela toda la noche y me dicen que en esa pared que digo no hay ninguno.

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