La laicidad está en el centro

09.07.2008 | 00:00

Isaías Lafuente

Con la quimera de la democracia. La laicidad y el centro político se han convertido para quienes los buscan en objetivos en constante movimiento, como el horizonte o el arco iris. Se atisban y se persiguen, pero tienen la mágica virtud de moverse al ritmo de los exploradores, de tal manera que siempre permanecen a la misma distancia, como objetivo inalcanzable.
El 37 Congreso del PSOE ha proclamado su voluntad de insistir en el intento, de proseguir en el largo peregrinaje hacia el Estado laico. La comparación con quienes no son capaces de sacudirse la tutela de la Iglesia puede convertir la proclama en loable, pero la cuestión crucial es saber si eso es suficiente. Y no lo es. La laicidad del Estado no es un elemento que perfeccione la democracia, sino que forma parte de su esencia. La consagra la Constitución que, como se recordará, no fue elaborada precisamente por una pandilla de anticlericales. Y contra quienes tienden a tergiversar los conceptos, la laicidad no persigue combatir las creencias individuales de los ciudadanos ni la confesionalidad de las Iglesias a las que pertenezcan, sino todo lo contrario. Se trata de respetarlas y preservarlas, sin que unas creencias tengan privilegios sobre otras y sin que todas en su conjunto interfieran en el poder político.
La permanencia de liturgias y símbolos religiosos en el protocolo del Estado es un contradiós comparable a una hipotética reforma legislativa que impusiera el izado de bandera, la interpretación del himno nacional y la lectura de la Constitución en los diferentes ritos religiosos. No sería difícil imaginar la reacción de las diferentes iglesias ante tal reforma. El dirigente socialista Ramón Jáuregui, hombre cabal, justificó la no supresión de los funerales de Estado con el argumento de que "la laicidad no tiene constituida una liturgia alternativa". Un argumento desolador que deja en evidencia a quien pretende ser el motor del cambio social.
El Estado laico es una exigencia que no puede esperar más tiempo. Su definitiva implantación facilitará además el avance en otras materias como el aborto o la eutanasia, siempre inmersas en debates en los que los jerarcas religiosos actúan como eficaz lobby político. Asuntos, por lo demás, en los que el tiempo siempre juega en contra del individuo. Imagino a quienes tengan familiares en estado terminal escasamente satisfechos con la intención del PSOE de "abrir el debate en los próximos años" para que las personas en tales circunstancias puedan pedir a los médicos una "intervención más activa" que garantice "su derecho a una muerte digna". A Zapatero le quedan por delante cuatro años de mandato; a ellos la vida no les dará prórroga.
Moisés tardó cuarenta años en llevar a su pueblo desde Egipto a la Tierra Prometida y su castigo fue no llegar a pisarla. Espero que nuestro país no se rija por los tiempos bíblicos en esta precisa materia, aunque va camino de hacerlo.

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