La confusión de la lengua

10.07.2008 | 00:00

Rafael Torres

El manifiesto en defensa del castellano nacido en la órbita del PP y de Rosa Díez, bien que también suscrito por algunos independientes, acierta el diagnóstico, esto es, cuando asegura que la lengua común del Estado no anda muy católica, pero yerra en su apreciación sobre la causa fundamental de sus alifafes. Según los firmantes del escrito, el castellano vendría a ser víctima de las sevicias de los nacionalistas en aquellas regiones o ínsulas donde comparte oficialidad con los idiomas nativos, de suerte que, de no actuar con mano de hierro y potente bisturí contra las demasías que le acogotan, el castellano, denominado español por los firmantes con evidente desprecio de la españolidad del catalán, el gallego o el vasco, podría parecer entre horribles convulsiones, y con él esa idea arcaizante de España que, pese a no haber cuajado nunca en la realidad cual es público y notorio, algunos, los firmantes de la declaración sin ir más lejos, proclaman como única valida, entera y verdadera.
Puede, en efecto, que la convulsa necesidad de algunos nacionalistas de imponer a lo bestia la lengua de su jurisdicción, ariete más bien de sus objetivos políticos, lastime en ciertos casos a la lengua común, máxime cuando a los escolares se les priva del buen conocimiento y uso de ésta, pero no es menos cierto que en aquellas regiones donde sólo se habla el castellano, que son la mayoría, éste está tan hecho polvo y se usa tan malamente como en las demás. El verdadero problema, que los firmantes del manifiesto del nacionalismo español parecen ignorar, radicaría en el pésimo aprendizaje de la lengua en España, sea ésta el castellano, el gallego, el vasco o el catalán, de suerte que los españoles son los únicos que encuentran una dificultad insuperable en expresarse (sus ideas, sus demandas, sus sentimientos, sus percepciones de la vida) en su propio idioma o idiomas. El castellano, es cierto, se habla mal y se escucha peor (hoy, nadie escucha a nadie), pera muestras otras lenguas, también en manos su enseñanza de políticos semianalfabetos, no andan mejor.

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