La alondra y el ruiseñor

12.07.2008 | 00:00

Manuel Jiménez Friaza

Es paradójico que las dos aves más famosas en poesía y nombradas hasta la saciedad, la alondra y el ruiseñor, sean las dos prácticamente invisibles a los ojos de los hombres. La primera, famosa por cantar desde las alturas del cielo, se confunde y camufla en él, de tan alto como es su vuelo. El otro, personificación de los poetas, pudoroso y solitario cantor, menudo y escondido siempre en el ámbito discreto de la umbría de los árboles, invisible también. ¡Pero cuántos versos los nombran, cuántos escritores han hablado de ellos sin haberlos visto nunca!
Una muestra de que las palabras son cosas en sí mismas, y que, como tales, pueden adquirir el peso secular de los dos eternos pájaros de los poetas, sin que importe mucho la real que nombran, lo hemos tenido desde el comienzo del verano con esa discusión nominalista, que amenazaba hacerse eterna en su inanidad, sobre el ser y la nada de la crisis económica que Rodríguez Zapatero, pudoroso poeta de la política nacional, no quería nombrar y que al final nombró. Pero el caso es que así es como se manifiesta la razón política contemporánea: que mientras se llenan páginas y páginas, o el difícil cielo de las ondas o internet, de alondras y ruiseñores, crisis o desaceleraciones aceleradas, quedan en la sombra sin nombrar tantos pájaros de cuenta.
Y quedan cuidadosamente fuera del escrutinio y reflexión públicos, en la sombra más exquisita, las razones radicales de esta locura que nos arrastra a todos. Sin salirnos de lo políticamente correcto, hay que esperar al tiempo de la canícula -en que tantos lectores abandonan la lectura de los periódicos- para leer una reflexión como la de Ignacio Sotelo -el miércoles, en ´El País´- sobre las incongruencias tan evidentes entre la propuesta europea para permitir que jornada de trabajo se pueda alargar hasta las 60 horas (ó 65, como recordaba Sotelo, en el caso de médicos o bomberos) y el reparto cada vez más difícil de puestos de trabajo; o el carácter cada vez más innecesario que cobra el trabajo en los sectores productivos tradicionales -automatizados y robotizados cada vez más. O la ´traición´ moral a la dura victoria que en 1917 fue la jornada máxima de 48 horas. O la desaparición acelerada de la negociación colectiva a cambio del apaño de cada trabajador con el patrón. O la sustitución del Trabajador por el Consumidor como unidad social.
Si ya es tan difícil oír o leer o entablar conversaciones siquiera sobre eso, tan sensato y prudente, ¿qué no será si se me ocurre traer a colación a estas alturas de la película, el Manifiesto del partido comunista -tan muertos y enterrados Marx y Engels, a lo que parece, con sus responsos y peanes de largo tiempo entonados- donde decía, a propósito de la naturaleza del capital, que "el continuo cambio de la producción, la incesante transformación de todas las condiciones sociales, la incertidumbre y el movimiento eternos caracterizan a la época burguesa"? Que es la nuestra. ¿No les suena? ¿No es esa la radiación de fondo del Big-Bang de nuestro mundo trastornado?
Y si aún queriendo comprender más al fondo las causas originarias de esta locura, llego, de la mano del filósofo italiano Emanuele Severino -Italia es mucho más que las maniobras del Caimán para escaquearse de los jueces- al arranque griego mismo de nuestra cultura, a aquel necio convencimiento de que el universo entero está a disposición nuestra, de que absolutamente todo es vendible, comprable o transformable, sin nada sagrado, sin idea de un todo que dé sentido, pues sólo existe el devenir, ¿qué pensaría usted mismo? Y sin embargo, lector amigo, tenemos que volver a pensar y hablar de estas cosas; si queremos explicarnos de veras algo, o recuperar los viejos sueños de verdad o esperanzas perdidas para que nos aviven el alma, para poder recuperar la cordura y zafarnos, tal vez, de la negra resignación de tener que oír y ver a diario alondras y ruiseñores que nadie ha visto nunca.

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