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El mal comportamiento

 

Maite
Hernández

Ver en cada niño y cada niña un individuo bueno capaz de crecer en bondad e inteligencia nos está resultando a los adultos cada vez más complicado. Es mucho más sencillo colgar etiquetas que generalicen y alerten de los peligros de esas raras especies en propagación. Y en parte es explicable; si vamos a la plaza nos encontramos con varias escenas de niños con rabietas, vemos a abuelos orillados a cumplir los deseos de los niños comprando objetos innecesarios, padres y madres rendidos ante la insistencia de algún hijo por cambiar el plan familiar; escuchamos noticias de jóvenes que golpean a sus padres o maestras y del acoso y la humillación entre los estudiantes como forma de obtener un estatus de poder en el grupo. Pero debemos recordar que son muy raros los casos de maldad en los infantes. Es decir, para que realmente podamos diagnosticar a un pequeño como un ser malévolo, se tienen que dar varios factores emocionales, mentales y espirituales que disturben el centro de paz que cada niño y niña tienen desde su nacimiento. Esos casos existen y lamentablemente nos enteramos de ellos después de que estos pequeños cometen actos escabrosos. La fantasía acompañada de dolor, baja autoestima, de un entorno de violencia, de escasez de límites, de falta de amor, desconocimiento de consecuencias, baja moralidad, pueden (rara vez) dar como resultado crímenes siniestros, dignos de las mentes más retorcidas.
Hoy no nos vamos a enfocar a ellos, pero me viene bien para confirmar que sí hay niños malos y niñas malas, pero que estos casos son tan extraordinarios (afortunadamente) que han merecido la atención de muchos especialistas, desde aquellos que se dedican a estudiar el funcionamiento de la mente, hasta abogados que indagan la forma en la que se debe tratar a estos pequeños ´demonios´ en un juicio.
El resto de los niños y de las niñas, me encanta decirlo, son buenos. Y con lo que nos encontramos a diario no es con otra cosa que con malos comportamientos. Aislar esas dos realidades es importante para poder entenderlos y ayudarlos a corregir sus errores. Cuando hablamos de niños malos resulta verdaderamente complejo comprender las causantes, pero cuando analizamos un comportamiento malo, las posibilidades se reducen. La mayoría de las veces, un mal comportamiento es resultado de la imitación o introyección de formas de relacionarse no adecuadas. Los maestros que no se interesan por el entorno familiar, les es difícil comprender porqué algunos de los alumnos se comportan mal, así pues, un chiquito de cinco años que maldice todo el tiempo, puede ser catalogado como malo, pero si se analiza a fondo y se encuentra que tiene en casa hermanos adolescentes que utilizan ese lenguaje (a veces sin que los padres se enteren), será fácil corregir el problema, que por cierto, no le atañe al pequeño, sino a sus hermanos. Cuestiones tan simples como esta, ocurren a diario en el mundo infantil. Entonces comprendemos que no hay culpables sino circunstancias. Algunas otras causas que debemos tener siempre en cuenta son: exposición del infante a la violencia social, falta de ambiente familiar seguro, autoridad poco definida, aburrimiento, límites poco claros por parte de los adultos que lo acompañan, falta de escapes aceptables para los sentimientos (diálogo), ataques a su dignidad, uso constante de comparaciones (sensación de incumplimiento de expectativas del adulto), desesperanza ante las etiquetas (no sirves, eres malo).
Recuerdo el caso de una niña que era catalogada como un ´bicho´ por sus padres. Nos llamó especialmente la atención porque en el colegio era muy trabajadora y dedicada. Cuando les preguntamos por la rutina diaria, nos dimos cuenta de que era una niña prácticamente abandonada, se aburría y su única manera de mostrar su enojo era generando desastres en casa. El problema se solucionó cuando se le ofreció una rutina de trabajo y mucho material creativo. Un niño ocupado, decía María Montessori, no tiene tiempo para planear travesuras.
Para contrarrestar las causantes expuestas, sugiero que revisemos en familia que tanto de lo que hacemos o vivimos en familia puede ocasionar malos comportamientos. Hay hogares en donde la televisión permanece encendida desde la mañana hasta la noche. Los niños absorben toda la información y su cabeza no es capaz de discernir lo que es real de lo que no. Ven las noticias cargadas de violencia con la misma indiferencia con la que adquieren hábitos de consumo extremo. A ellos les parece que todo lo que anuncian es verdaderamente necesario y no entienden porqué no lo tenemos en casa. Pero los padres y madres somos los que abrimos la puerta a esos vendedores, dejamos que nuestros hijos escuchen todo su discurso absurdo y luego les permitimos convertirse en un consumidor insaciable para impedir las rabietas fuera del centro comercial. La mayoría de los progenitores no somos selectivos con la programación infantil y otros tantos permitimos incluso que sean espectadores de programas cargados de contenidos que requieren un nivel de comprensión y madurez mayor al que poseen.
Muchos otros aburrimos a los niños hasta la saciedad porque no somos capaces de crear nuevas propuestas de juegos, excursiones, dinámicas. Porque la rutina diaria se limita a la tele, la cena, el baño y la cama. Otros tantos preferimos ser ´amigos´ antes que padres para evitar enfrentarnos al mundo necesario de la autoridad. Dejamos de ser guías en la vida de nuestros hijos para ser colegas sin normas. Hacemos de nuestros hogares espacios de anarquía y después nos sorprende que no sepan comportarse en otros espacios en donde sí se les pide que respeten las normas.
Veamos a nuestras hijas e hijos como seres maravillosamente perfectos y hagamos un esfuerzo para evitar que las causantes del mal comportamiento empujen a nuestros niños y niñas a abandonar su natural inclinación por lo que es bueno.

escuelapadres@hotmail.es

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