Dos turbinas

14.07.2008 | 00:00

José Luis
González
Vera

El traslado de unas turbinas predice, desde hoy lunes y hasta el viernes, un caos de tráfico digno de tribulación bíblica. Esperemos que no se combine con el terral para que uno no lance la paciencia por la ventanilla. Hay que instalar ciertos sistemas de refuerzo en el Puente Tetuán y eso secciona Málaga lo mismo que si sufriésemos un bombardeo de guerra, lo que pone de manifiesto sus débiles infraestructuras, su torpe trazado, y su nula previsión en el andamiaje de sus calles. Todo suyo. Una central eléctrica se hace necesaria si se pretende que la provincia entera crezca con el menor déficit energético posible. Siempre nos quejamos de estos pies de barro que anclan el peso de nuestra economía sobre dos sectores: construcción y turismo. Para que un parque industrial despegue en una zona con tan poca tradición fabril, por más que se esgriman glorias muy pasadas, las infraestructuras deben atraer los capitales como un imán. Ante cualquier escollo vemos cómo la ciudad se encuentra en una semidesnudez propia de poblachón adolescente. Esto ya sucedió. Pregunten al erudito Alfonso Vázquez, nuestro cronista malagueño por vocación. Fotos quedan de otro gran transporte de maquinaria, con menor envergadura, por supuesto, que allá por los años sesenta, si mi memoria no me engaña, ocasionó incluso el derribo de parte de una vivienda por causa de una curva imposible.
Por alguna paradoja que no comprendo, doctores tiene la arquitectura urbana, a los que tampoco comprendo, espacios novísimos, como el paseo marítimo Antonio Machado se han reducido al menor trazado exigible a una vía que se suponga arteria para el tráfico. Por aquí un vehículo especial tampoco llegaría hasta las zonas industriales, trabado por rotondas, curvas y un puente. Una rendición hacia el subdesarrollo frente a otros puntos del Mediterráneo, como Valencia la de las anchas avenidas de verdad, o la Barcelona con vocación de metrópoli. Andalucía, un pasito por detrás. Gracias a que la Alameda de Colón, junto con la Alameda Principal y su prolongación por el puente fue soñada por los consistorios de inicios del Siglo XX, si no el puerto se habría enjaulado como una ratonera sin mayor utilidad que el desembarco de cajas. Este traslado se puede nominar como excepción y, desde luego que lo será durante mucho tiempo; el diseño urbano impide que cualquier grupo industrial invierta en esta tierra, dada la poca ambición de gran urbe que desde hace muchos alcaldes revelan sus planes de ordenación. ¿Hacia dónde vamos? ¿Hacia dónde nos empujan? ¿Con qué argumentos convencerán nuestros empresarios a futuros inversores? La Málaga del paraíso aún queda lejos para el curro que cada mañana se eche a la calle a buscarse el pescaíto frito con el sudor de su miocardio.

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