Nombres, números

16.07.2008 | 00:17

Manuel Laza Zerón

Estamos marcados por números y nombres. Inevitablemente. Nacemos en una fecha determinada, que es expresable en cifras concretas. Números que podemos convertir en dígitos relativos al cosmos, con posiciones de astros, planetas, fenómenos celestes. Y todo eso tiene nombre, tiene sus nombres. Además, recibimos un nombre al nacer. A veces, desde antes del mismo nacimiento ya nos espera ese nombre. En el profeta Isaías se puede leer el anuncio del nacimiento de un niño del que ya se da el nombre, "Dios con nosotros". Ocho siglos antes de su nacimiento. Y se dice la condición de su madre: será una doncella, esto es, una mujer virgen. Doy este ejemplo porque es de los más conocidos. Y porque al fin y al cabo nuestra cultura, de raíces hebreas y griegas, está fuertemente ligada a los números. Y a los nombres. La Cábala judía y las Matemáticas de la Grecia Clásica no son una mera casualidad. Además, es más que dudoso que el azar o la casualidad existan. Son un nombre vacío, algo que nada significa en lo real estante, existente. Los juegos de azar, un fantástico negocio de listos para ilusos. A la lotería la llamaba Bernard Shaw "el tributo de los tontos". Claro que, (se podría decir), hay tontos con suerte.
Y esto es así desde el inicio de los tiempos, de nuestros tiempos, que son los propios de una cultura entregada casi por entero al nómos (la ley), al nomen (el nombre), y al número. Pertenecemos a un universo cifrado, y todo eso, cuando se para uno a pensarlo despacio, ¿puede llegar a agobiar, incluso a situarnos un paso más cerca a cierto modo de demencial horror? Podría ser. Dependerá de cada uno. Si caemos en pensar que el número de veces que nos ha sido dado desde el inicio de los tiempos para, pongo por caso, ver una puesta de sol o comprar un libro, pasear una calle o establecer una cita con algún evento grato, sea el que sea, es un número concreto y fijo, aunque nos sea desconocido. Y podríamos llegar a obsesionarnos. Borges, en unas de sus ineludibles páginas, razonaba que nunca se llega a saber si la calle que se está recorriendo en este instante la andamos por última vez. Vemos a un amigo, a un familiar, departimos con él, y luego de un tiempo nos sorprende la noticia de su óbito: ya no podremos volver a hablarle. Aquella vez era la última, y no lo sabíamos. Terrible.
El colmo es cuando unimos nombres y números, ya sea para designar reyes o papas y emperadores, ya sea para designar alumnos en el aula (antes, era así: y no nos dábamos cuenta de su infinita deshumanización implícita: tanto el primero de la clase como el último de la fila, no son más que signos que deshumanizan. Creo, pues a lo peor es al revés, y nombres, nómos (o leyes), y números, son la base de nuestra humanidad...). ¿Importa mucho que las leyes cambien tanto que lo que antaño era nefando hogaño sea cosa de gay trinar? En la Edad Media, quemaban brujas en la hoguera, y hoy, unas sedicentes ´brujitas´, tienen hasta audiencias fieles en radios y cadenas de televisión. ¿Cuántas cosas más acabarán por ser/parecer normales, (¡con toda justicia!), y cuántas serán proscritas, (quizás injustamente), por avatares del destino que nos suelen resultar inescrutables? No lo sé. Pero prefiero no pensar que están contados hasta los pelos de mi cabeza, y fijadas las veces que mis dedos teclearán grafos que luego otros leerán (o no), pero que quedarán tecleados, al cabo, por mis dedos aún hábiles y movientes, al són de los ritmos que el pensamiento que nos habite nos vaya marcando, pues ¿acaso la vida no es, también y además, pensamiento? Lo dudo. Aunque luego, cuando reparo en algunas conductas, dudo de lo que dudaba. ¿Me hace eso cartesiano? No lo creo.

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