El adarve

Palabras son amores

19.07.2008 | 00:00

Miguel A. Santos Guerra

Obras son amores y no buenas razones´, dice nuestro refranero en un alarde de pragmatismo Creo que las palabras también son amores. La desmedida percepción pragmática de la realidad sólo da importancia a los hechos mientras desprecia sin justificación el valor de las palabreas. En esa misma onda se mueve la afirmación "las palabras se las lleva el viento". Por eso algunos son reacios a las expresiones de amor, a lo que llaman despectivamente palabrería.
- Nunca me dices que me quieres, demanda la esposa con frustración.
- Eso ya te lo dije hace tres años en La Coruña, responde el cicatero marido.
´Las palabras que curan´ es el título de un reciente libro de Alex Rovira.
"Gracias a las palabras, dice el autor, percibimos las diferencias, los contrastes y nos acercamos al mundo. Con ellas creamos y exploramos universos reales e imaginarios. Son puente y camino para conocer y reconocer al ser próximo, descubrir sus matices, su humanidad y, cómo no, son también el vehículo para llegar hasta nosotros mismos".
Existen palabras que consuelan, que guían, que explican, que acarician, que motivan, que fortalecen, que iluminan, que persuaden, que llevan a la paz a través del diálogo y de la negociación.
Hay personas locuaces y personas silenciosas. Hay quien sufre para hablar y hay quien sufre para callar. Nos cuesta, muchas veces, entender cómo puede haber personas que disfrutan con lo que a nosotros nos hace sufrir. La explicación es que somos muy diferentes unos a otros. Tenemos diferente constitución orgánica, diferente psicología, diferente experiencia, diferente educación. diferente capacidad...
He oído decir a alguno de mis alumnos, especialmente locuaz:
- Yo hablo demasiado. Me voy a callar para que otros puedan hablar.
Le he sugerido, quizás porque yo comparta su: tendencia al uso de la palabra:
- No. Tú habla lo que quieras, o lo que puedas. Quien desee intervenir debe aprender a reivindicar su derecho a la palabra. Debe decir: Yo también tengo derecho a expresar mi opinión. Exijo mi tiempo. Y para que yo lo tenga, tú debes callarte.
A unos les resulta difícil hablar, a otros lo que les parece imposible es estar callados. Hace algunos años, en el Ateneo de Madrid, se celebraban debates sobre temas polémicos. Uno de ellos versó sobre el espinoso tema de la existencia de Dios. Las intervenciones se sucedían con inusitada rapidez y violencia. Como el debate se prolongaba sin llegar, como es lógico, a ninguna conclusión, el moderador dijo:
- Último turno de intervenciones. Levanten la mano quienes deseen participar en esta última ronda.
Levantaron la mano seis personas. Y el moderador, con sano propósito de distribuir equitativamente las últimas opiniones, preguntó quiénes, de esos seis demandantes, estaba en contra de la existencia de Dios. Levantaron la mano cuatro personas. Una de ellas, temerosa de que no pudiera intervenir, solicitó impacientemente:
- Bueno, a mí, ponme en el otro bando.
Es decir, que a esa persona le daba igual estar a favor que en contra de la existencia de Dios. Lo importante para ella era hablar, era expresarse.
No sabemos por qué motivos se callan las personas. Después de un debate celebrado en el aula, pregunté a mis alumnos que, de forma anónima, dijeran por qué no habían intervenido (si había sido su caso) en la discusión. Encontré respuestas esperadas: no me he atrevido, soy muy lento, estaba cansado. no me interesaba el asunto, estaba distraído, tengo miedo a que se rían de mí, no sabía qué decir... Alguien dio una explicación que jamás se me hubiera ocurrido:
- Yo no he intervenido porque lo que yo iba a decir ya lo sé y lo que quiero es aprender.
Es decir que alguien se calla por avaricia intelectual. Porque si habla pierde el tiempo ya que conoce el contenido de su hipotética intervención.
Conviene saber expresarse, aprender a decir lo que se quiere decir (y a callar lo que se desea callar) y tener el coraje para decirlo. Para expresarse con precisión es necesario utilizar las palabras adecuadas. Decía Mark Twain: "La diferencia entre la palabra adecuada y la casi correcta es la misma que entre el rayo y la luciérnaga".
No siempre se dice aquello que se debería decir. Pensaba Voltaire que una palabra mal colocada estropea el más bello pensamiento. También hay que estar prevenido sobre el mal uso que se puede hacer de las palabras. Con la palabra se insulta, se calumnia, se engaña y se miente. No se trata de hablar por hablar y, mucho menos, de hablar para ofender, sino de poner la palabra al servicio de la comunicación, de la verdad y del bien.
De la misma manera que defiendo las maravillas de la palabra, subrayo el valor del silencio que, muchas veces, es más elocuente que el mejor discurso. Recuérdese aquel sabio proverbio árabe: No abras los labios si no estás seguro de que lo que vas a decir es más hermoso que el silencio.
Hay una propensión exagerada al parloteo incesante, a la cháchara intrascendente e, incluso, dañina. Se habla sin ton ni son. Basta ver algunos programas de televisión y escuchar algunos espacios de la radio para certificar lo que digo. Claro que, como decía Montaigne "las palabras son mitad de quien las pronuncia y mitad de quien las escucha". ¿Cómo es posible que se persiga con un micrófono a quien no tiene nada sustancial que decir? ¿Por qué no está, por ejemplo, la puerta de Emilio Lledó abarrotada de periodistas micrófono en ristre? Decía Konrad Adenauer que todos los órganos humanos se cansan alguna vez, salvo la lengua. Sabia precisión.

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