Zapatitos solidarios

24.07.2008 | 00:19

Lucas Martín

El mundo se siente extrañamente unido a su calzado. La frase podría haberla dicho Newton, pasar incluso por un acertijo sobre la gravedad y sus propiedades indóciles, pero es una constatación mundana. Social, pero mundana, aclaración esta última un tanto obtusa porque como todos sabemos la sociedad está en el mundo y todo lo social tiene que ser mundano, aunque quizá no a la inversa, porque se puede ser indecorosamente prosaico a solas o en un ataúd de forja inexorable. Pero no es eso lo que quería decir, sino hablar del calzado, o más bien, de la aversión casi universal por los cordones desanudados. La razón se le escapa a mi esforzado intelecto de tabernario, lo cual tampoco es una novedad, pero lo cierto es que no hay nada que más conmueva al mundo que un zapato al desgaire, con el nudo desierto y los tramos trazando círculos como si fueran plumas de mirlo al contacto del aire. Caminar así es casi una incitación a la reprimenda y el esbozo abnegado, basta con poner un pie en la calle para soportar indiciales señalando el desaguisado e invitando amablemenente a corregirlo en el menor tiempo posible y en una única torsión de estómago. No sé qué le pasa al mundo con los cordones desatados, debe ser que la solidaridad bien entendida comienza de menisco para abajo, porque como preocupación resulta excesiva. Cuando descubrí que el único riesgo consistía en un tropezón insípido o una caída de bruces sobre el asfalto, me llevé una alegría que ni el invento del claxon para mi frente de despistado. De niño, vivía en un temblor. Señoras con peinados de la ilustración en bucle, tipos con bigote, niños y ancianos se preocupaban por el sistema de nudos de mis zapatos. Pensaba que el problema de mis mocasines era de orden mundial y que si no atinaba con el atado iba a haber una guerra en Australia o señoras desplomadas en la avenida. Será que el mundo es cívico, pero tampoco es cierto. Simplemente es extraño. En las playas de Italia se puede tomar el sol frente a dos cadáveres y nadie se inquieta en exceso. Las familias pagan por ver una imitación hiperrealista de un asesinato en la silla eléctrica y todo el mundo llora por los cordones desanudados.

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