Carla Bruni hace camino al andar

31.07.2008 | 00:00

Rosa Villacastín

Pocas esposas de primeros ministros o jefes de Estado se mueven y actúan con la inteligencia y la seguridad de Carla Bruni. Quizá porque agobiadas por el peso de la responsabilidad de sus esposos, tratan de evitar el daño que puedan causarles si asoman demasiado la cabeza, haciendo mutis por el foro, o intentando pasar de puntillas por un puesto en el que no se sienten cómodas del todo, una vez que en la mayoría de los casos, tienen que abandonar sus trabajos, incluso sus casas, para irse a vivir a palacios o residencias que no les pertenecen y en las que no terminan de sentirse a gusto.
Una situación que en España vivieron de mejor o peor grado Amparo Illana, Pilar Ibáñez Martín, Carmen Romero, Ana Botella o Sonsoles Espinosa, actual inquilina de la Moncloa, quién hasta para cantar tiene que hacerlo a hurtadillas porque ya ha habido algún listillo que le ha criticado que se dedicase a ejercer una actividad que le gratifica y para la que está especialmente dotada, de la misma manera que Ana Botella lo está para la política activa y Carmen Romero para la literatura. En definitiva, cinco estilos de mujer muy diferentes, todas con un denominador común: su resignación ante unas reglas que no se atrevieron a cambiar por miedo a las críticas de quiénes más presumen de ser defensores a ultranza de la igualdad entre hombres y mujeres.
Discriminación que no sólo sufren las primeras damas de nuestro país, sino las de países tan poderosos como pueden ser Inglaterra, Alemania o Estados Unidos. De ahí el valor que ha demostrado Carla Bruni, primera dama francesa, al enfrentarse a la opinión publica, sin importarle las servidumbres y oropeles del poder.
Se lo dijo a Nuria Escur, de ´La Vanguardia´, en una entrevista en la que la esposa de Sarkozy se desnuda como pocas otras veces lo ha hecho, al reconocer que: "no modificaría nada de mi vida desde que nací. Lo que me gustaría es cambiar la vida que vendrá no la pasada", o que "si alguna vez mi esposo me propone que deje mi profesión por amor, es que ya no hay amor. No, no lo aceptaría".
Carla, que sigue viviendo en su propia casa (en donde el presidente pernocta por propia decisión cada noche), y durmiendo en la misma cama donde compartió pasión y confidencias con otros hombres a los que amó antes de que el político conservador llegara a su vida, no evita en ningún momento abordar algunos de los asuntos más escabrosos de su vida, y lo hace sin tapujos ni mentiras. Una sinceridad que personalmente me gusta y que estoy segura sopesó Sarkozy antes de convertirla en su esposa, lo que demuestra que cada vez hay más hombres a los que no les importa el pasado de su pareja, ni siquiera siendo el presidente de uno de los países con más peso de Europa.

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