Un viaje de trabajo me llevó hace semanas a la maravillosa ciudad de Cartagena de Indias (Colombia). Y en ese incomparable escenario fui testigo de un hecho que quiero compartir con el lector. Era una tarde calurosa cargada de nubes. En la plaza de Simón Bolívar, al pide de la imponente estatua ecuestre del libertador, un grupo de chicos y chicas, ataviados con trajes regionales, bailaban descalzos al ritmo frenético de los tambores. Los danzantes se movían con una agilidad asombrosa. Las parejas de bailarines competían en ritmo y acrobacias. Al finalizar, el típico sombrero de la zona se convertía en plato petitorio. Muchos espectadores agradecían la belleza y el esfuerzo de los artistas con pequeñas donaciones.
Entre los danzantes se encontraba un niño con síndrome de Down que acaparaba la mayor parte de las miradas y de las sonrisas. No era un miembro del grupo, porque era bastante menor de edad, pero estaba integrado en él de forma perfecta. No sólo porque él participaba sino porque todos los bailarines le incluían de forma espontánea e ingeniosa. Todos, con una sonrisa, le convertían en su pareja cuando correspondía. Lo incorporaban a la danza general haciendo creativos movimientos de inclusión. El niño, también descalzo, se movía con garbo y fluidez. Llevaba el ritmo con naturalidad y perfección.
Era patente el cariño que todos le profesaban. Cuando la danza terminaba, entre número y número, bromeaban con él, lo abrazaban y se relacionaban con gestos afectuosos.
Pensé en lo hermoso y profundo de aquella experiencia espontánea. Probablemente la exclusión sea más artificial. Un fruto del aprendizaje de estereotipos y prejuicios. Aquel niño estaba feliz. A nadie estorbaba. La inclusión era natural y perfecta. Todos se sentían bien con su participación y él sonreía feliz.
Volvimos al día siguiente para ver el espectáculo. El niño estaba allí de nuevo y las escenas se repetían como parte del espectáculo. No había sido algo casual sino un modo de proceder cotidiano.
Estoy seguro de que, al atardecer de cada día, el niño se siente contento porque llega la hora de su actuación ante el público. Los aplausos son también para él porque es una parte del grupo. Me imagino a los padres del chico, felices con su alegría, encantados con su actuación musical. Me imagino también la felicidad del niño al saberse incluido, aceptado y valioso. Me imagino la satisfacción de los componentes del grupo al saberse útiles y acogedores.
Qué distinta experiencia la del niño con síndrome de Down que está arrinconado en la casa, considerado incapaz de aprender a bailar, con el estigma de sentirse diferente a los otros y castigado con la vergüenza de quien tiene que amarlo y hacerle crecer.
Algunas veces, el gran amor que tienen tus padres a los niños con deficiencias no les deja crecer, no les deja ser ellos mismos. A fuerza de que les hagan las cosas, acaban por no hacerlas ellos mismos. Incluso por creer que no las pueden hacer. Lo que loas niños con deficiencias les piden a los padres y a las madres es esto: "Papá (mamá), ayúdame a hacerlo sólo". No lo tienen que hacer por ellos, les tienen que enseñar a hacerlo. Cuanto antes. Un lema que les debemos recordar es que el primer día que los niños puedan hacer algo solos (peinarse, asar el semáforo, ir a casa de un amigo...) no lo hagan ellos. Tienen que ayudar, claro, pero para que sean independientes. Los padre del niño de Cartagena no estaban allí, le habían dejado con el grupo, le habían supuesto capaz de hacer las cosas por sí mismo.
Los padres y las madres forman a sus hijos como los océanos forman a los continentes: retirándose. Es decir, que si las aguas no bajan, el continente no aparece. Si las aguas cubren la tierra, ésta no puede salir a la superficie. Si los padres piensan por los hijos. si deciden por ellos, si hacen las cosas por ellos, no podrán hacerlo solos. La forma mejor de querer es ayudar a crecer.
No me gusta que se diga que un niño es "un síndrome de Down" sino que tiene el síndrome, como tiene muchas otras cosas. No tiene por qué avergonzarse de ello, no tiene por qué ocultarlo. Y eso hay que recordárselo también a los padres, a los profesores y a los compañeros. Porque el niño puede ser feliz mientras ellos sufren de forma absurda. Porque el niño puede llevar la cabeza bien alta cuando ellos bajan los ojos.
Un niño con síndrome de Down es capaz de aprender, de querer, de ser feliz. Como el niño de Cartagena de Indias. Es capaz de hacer muchas más cosas de las que algunos suponen. Tiene límites (todos los tenemos), pero no hay que acortarlos más de lo imprescindible. No vamos a engañarnos. No voy a decir que el hecho de tener el síndrome de Down es una suerte o una lotería. Pero tampoco digo que es una desgracia. Porque con ese síndrome puede aprender muchas cosas, puede ser feliz, puede amar y ser amado. Lo que importa es que no se avergüence, que no se sienta menos que los otros niños. Distinto sí, porque todos somos distintos. Pero no inferior. Lo que importa es que no tenga compasión de sí mismo sino el deseo de llegar hasta donde quiera y pueda.
Me han regalado un hermoso cuento de Lola Herrero (publicado en la Editorial Sarriá) que se titula "Lo siento, Peter Pan". Trata de una niña con síndrome de Down llamada Alba que no se dejó arrastrar por las trampas ni por el desaliento. No se dejó envolver por la sobreprotección de su madre, Inés. Ayudada por su amiga Clara, se negó a seguir siendo siempre pequeña. Le dijo a Peter Pan que lo sentía mucho, que ella no se iba a quedar sin crecer.
Con estos niños y niñas todos podemos aprender muchas cosas, todos podemos aprender a esperar, a ayudar, a comprender, a querer y a respetar. La obsesión por la eficacia no sólo nos nubla la vista sino que nos envilece el corazón. El grupo de chicos danzantes de Cartagena de Indias fue para mí un hermoso y claro ejemplo de inclusión. Una lección magnífica lección viviente y musical.