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Adiós, míster Bush

 

Antonio Casado

En vísperas de las elecciones americanas los españoles oscilan entre el alivio y la esperanza. Con sensación de alivio nos sale el hasta nunca, míster Bush. Y con esperanza nos disponemos a saludar el triunfo de Barack Obama, que barre en todas las apuestas, por sus promesas de cambiar el mundo y recuperar al menos parte del prestigio perdido por Estados Unidos como faro político de la Democracia.
Mañana estaremos todos tratando de descifrar el desenlace de las elecciones, una vez que uno de los candidatos alcance el umbral de los 270 votos que otorga matemáticamente la victoria al candidato que antes los consiga. Pero hoy, en estas vísperas de la gran noche electoral americana, es tiempo del adiós a Bush. Mañana será el momento del hola a Obama.
De momento, Bush es la personalización de lo que el mismísimo Francis Fukuyama ha calificado como el fin de la hegemonía americana. Eso coloca a este gran país frente a un reto formidable. El de los profundos cambios que deberá acometer el nuevo presidente para adaptarse a un mundo multipolar. Estados Unidos ya no será referente inevitable en las relaciones de poder ni ocupará el primer plano de la escena global.
Fukuyama no habla de declive, sino de potencias emergentes que tienden a ponerse al mismo nivel que EEUU. Sobre todo en el terreno económico. Pero reconoce signos de debilidad interior y exterior perfectamente localizados en el reinado de Bush. Por ejemplo, en el interior, la desastrosa gestión de los efectos del huracán Katrina, como indicativo de un sector público desatendido durante mucho tiempo. Y en el exterior, la no menos desdichada guerra de Irak.
Por ahí nos toca a los españoles atar cabos porque, en nuestro sentir colectivo, vemos a Bush como el último de las Azores, entendiendo la foto de las Azores como el icono historiográfico de una pretenciosa operación internacional en nombre de la cruzada contra el terrorismo. En tal operación, la ocupación de Irak sólo fue un movimiento orientado a modificar el status quo en la zona más sensible del planeta.
Un planeta de concepción unipolar, según el plan diseñado por los neocons sobre las ruinas de las torres gemelas. Pero el mundo se resistió a ser unipolar y a Bush los tiros le salieron por la culata. Perdió aliados, recortó libertades, permitió que la imagen de EEUU se asociase a episodios abominables (Guantánamo y Abu Grhaib), convirtió una secta marginal (Al Qaeda) en una multinacional del terror, vio reaparecer el socio-populismo latinoamericano (Chaves, Morales, Correa, Ortega...), malversó la inicial corriente de solidaridad que tuvo por los atentados del 11-S y, como remate, sus sabios neoliberales pusieron a la economía en la senda del abismo.
Se entiende que haya tantos motivos para celebrar la marcha de Bush como para saludar, incluso sin esperar al recuento, la llegada de Obama.

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