Hoy es el día. Quise escaparme. Pensar en pequeño. En una mano llena de cigarrones. En tu brazo cosido a mi espalda. Pero Obama y McCain se te aparecen hasta en los trozos de papel higiénico. Todo lo que se oye y se ve y se toca ahí afuera es mantequilla de cacahuete, el mundo con un acento como de chicle en la boca. Ahora entiendo por qué lloraba tan desconsoladamente mi madre cuándo asesinaron a Kennedy. Por ahí sonaban las trompetas del juicio final. Hoy tenemos función.
Todos los que empezamos con un candil y un trillo y ahora llevamos los humores en un portátil a casi trescientos kilómetros por hora con azafatas de azul, intuimos que esta aceleración de vidas sumadas, yuxtapuestas, solapadas, duplicadas es una condena y un privilegio. La condena es reciclarse día a día a golpe de torpe voluntarismo y cursos de inglés en mil palabras. Aquellos de nosotros que habíamos soñado con manejar la vida en moldes pequeños, llevamos una cartera con planes de negocios, un teléfono con Internet y un miedo real a que la recesión nos retrotraiga a las sotanas y los confesionarios. El privilegio es que sólo los dioses han podido disponer de tanta abundancia, ruido, tráfico y vértigo en tan poco tiempo.
Mientras hacíamos abdominales y sudábamos las copas de la noche anterior, mi colega de carreras populares, guionista de películas imposibles y estudiante sobrevenido de filosofía, se/me preguntaba que será de nosotros a partir de ahora. Y lo que es peor, si eso le importará a alguien. Descubrimos con pánico que no sabíamos para qué sirve un presidente de Diputación ni falta que hace, mientras nos indignamos recordando el viejo pucherazo de Bush en Florida. Pero nos produjo aún más pánico concluir que la globalización les pertenece: nosotros tenemos a McCain y a Obama entre las cejas y temblamos por nuestros ahorros cuando tiembla Wall Street. Ellos no saben si Madrid es un arrabal de México DF y Málaga un sitio donde veranea Banderas.
Vistos desde el universo de las barras y estrellas, las quimeras de nuestra colonia de hormigas peninsulares revisten una inquietante comicidad: el enorme negocio por la reina deslenguada, la desesperación de Zapatero por ser invitado a la cumbre de Washington, la cosa de Rajoy con Navarra. Las hormigas andaluzas se achican y se agigantan en sus eternos retornos. El de la fusión de las cajas va para quince años y promete durar otro tanto. Se trata de uno de esos asuntos de los que nunca sabremos si es conviene la verdad o debe ser verdad lo conveniente. La agonía de los comunistas en sus luchas tribales. Las obsesiones de Arenas con Chaves: pierde contra él tres veces y se considera su bestia negra. Debería hacérselo mirar.
Mientras desenterramos o no a Lorca, Ayala mediante, hoy será un buen día para saber a cuánto estamos del final. Si ganara Obama, es posible que haya lugar para una prórroga, un margen de confianza para la primera vez que un negro llega vivo a la Casa Blanca. Es lo suyo: un descendiente de esclavos para limpiar los vómitos de la orgía neoconservadora. Si gana McCain, ya podemos ir eligiendo cueva y epitafio. Lorca, que viajó de los primeros, lo presintió en Nueva York. Entonces ya el Hudson se emborrachaba de aceite.