Cuando la tele era sólo en blanco y negro, los sustos no iban más allá de los ladridos de Rintintín, las carcajadas del abuelo de la familia Monster o las maldades de la madre de la embrujada Samanta a su pobre y publicitario marido. Hoy, a punto del apagón analógico (algo que también produce pánico, por cierto) y con todos los colores y digitalizaciones posibles, se nos aparece, por ejemplo, la Presidenta de la Comunidad de Madrid.
Menudo susto: sobre todo para Rajoy, Gallardón y sus adláteres. La entrevista fue en la 1 (TVE), en ese formato un poco potro de torturas que se llama 59 segundos. Ella estaba feliz y contenta, sin papeles, toda sonrisa, categórica: pura escenificación axiomática de la política, por no utilizar un calificativo más descalificador. Todavía la recordamos como ministra de Educación y Cultura diciendo que no conocía a ninguna escritora de nombre Saramago. O aguantando las chanzas de los primitivos ´caiga quien caiga´: doña Esperanza debería de pagar un sueldo vitalicio al Gran Wyoming y sus muchachos por lo mucho que contribuyeron a construir su imagen pública y populachera. Se atrevió con todo y con todos hasta reconocer implícitamente que ella manda en su tele autonómica ("German Yanke puede volver cuando quiera") y alcanzar el paroxismo citando a su tío, el poeta Jaime Gil de Biedma, como víctima de la homofobia comunista.
Desde el ámbito de la salud pública, por el bien y la tranquilidad de los telespectadores, deberían regularse este tipo de apariciones catódicas. De la misma forma que se anuncia la edad mínima recomendada para ver una película, programas como la entrevista a Esperanza Aguirre tendrían que tener algún tipo de clasificación preventiva para evitar que saltemos de miedo en el sillón de casa.