No supimos que estábamos en guerra hasta prácticamente ayer. Cuando los informativos cambiaron el nombre de Obama por el de Afganistán. Y nos presentaron los féretros con los cadáveres de dos soldados españoles. Hasta entonces, lo de Afganistán era una causa humanitaria.
Mientras la masacre se televisa a tantos kilómetros de distancia sin tocar nuestras propias carnes, nos parece una simple aventura de ficción sin la mayor trascendencia. Nunca nos han impresionado demasiado las desorbitadas cifras de mortandad en los países bárbaros, tan remotos. Allá ellos con sus cuitas primitivas. La sangre que no nos salpica desde el otro lado de la pantalla, del mundo, nos resulta tan irreal como la salsa de tomate que se prodiga ahora en la Semana de Cine Fantástico por estos lares. Puro artificio. Por otra parte, no perfilaba creíble que este gobierno nuestro, tan pacífico, tan dialogante, que se había jugado la valiosa amistad de los EE.UU por retirar las tropas de Irak, fuese luego a Afganistán de la misma mano a repetir idéntica jugada. Cuadraba, eso sí, que Aznar, acólito de Bush, por pura ambición, se sumase a aquella otra causa bélica bajo el pretexto insostenible de liberar al pueblo iraquí del tirano ´Satán´ Hussein. Argumentos tan fundados como el rictus facistoide de su bigote le hacían plausible como malo de la película en el maniqueo imaginero de las masas. La figura del ex-presidente no daba la talla de héroe samaritano y se podía sospechar que, tras sus mal tramadas excusas, se hallase la sed de poder y petróleo. Pero, de la probidad beatificada de nuestro santo presidente, no se podía esperar sino el altruismo que destila su propia imagen. En este caso, las tropas españolas sí iban a Afganistán por la causa justa de combatir a los malvados talibanes; no se podía esperar otra cosa. Las causas en plan oenegé riman tan bien con la mirada azul y diáfana de ZP como las intenciones perversas con el bigote del maquinador y presunto vallisoletano. Nuestras percepciones en política se reducen, la mayoría de las veces, a la lectura superficial de las más vanas apariencias; los bigotes, los puros, la tonalidad de las corbatas, las cejas circunflejas, el color de la piel y así. Qué nos ha importado, dado el caso, la trastienda ideológica de Obama, sino el hecho evidente de que es negro. Lo cual ha dado pábulo a abundantes ejercicios de ingenio en nuestros análisis de la situación durante la super-campaña; como señalar la divertida paradoja de que un negro vaya a estar en la Casa Blanca, que el negro dé en el blanco de las urnas o que el hombre de piel negra venza, en fin, al otro de pelo blanco, entre otras sabrosas agudezas. Y con el mismo simplismo caer en la tentación de elucubrar historias infantiles de buenos y malos, donde el negro es bueno, en sustancia, porque lo es. La realidad política no resiste a estas fantásticas tramas de cómic, remitiéndose a consistencias mucho más terrenas y mediocres. Así pues, la reciente victoria de Obama tan trascendida al tono épico o lírico en nuestras últimas crónicas, no cambiará, me temo, demasiado las cosas. Por el momento, el primer propósito del próximo presidente americano es arreciar la lucha anti-terrorista en Afganistán a base de enviar más tropas a dicho país. Soldados aliados a la causa occidental que matarán y morirán. Precisamente como en las guerras. Más soldados españoles que enviará el Gobierno que, "de entrada", ha dicho lo contrario. Porque lo cierto es que nuestros presidentes de ayer, hoy y siempre, por encima de sus cejas, sus bigotes y sus perfiles diversos, han sido, son y serán unos mandados de los EE.UU., mientras estos aten y desaten y decidan, por ejemplo, qué países privilegiados acudirán al G-20, donde no tendría cabida España sin echar más leña (efectivos militares, soldados, vidas humanas) al fuego de la causa afgana, sea humanitaria o no. Tampoco un presidente americano, sea demócrata, guapo o negro, va a cambiar demasiado el comportamiento político que ha hecho de los EE.UU. la primera potencia mundial durante los últimos siglos. Comportamiento que conlleva guerras (gastos en armas que conducen a la crisis), despotismo capitalista e imposición del ideal occidental. Si me equivoco, mucho mejor para todos. Ojalá.