Ha aparecido por aquí, por un instituto de Ciudad Jardín, un jefe masai. Se llama William Kikanae y pertenece a una de las tribus más conocidas del África Negra. Viene con sus abalorios, con sus ropas tradicionales, con su mirada limpia y algo sorprendida, buscando dinero para hacer un colegio. Debería darnos vergüenza que, a estas alturas, todavía haya que andar con la hucha tipo ´domund´ para conseguir que los niños de África tengan una escuela y no estén recibiendo las clases debajo de un árbol.
Seguramente sonará demagógico, o incluso tal vez aldeano, pero se me ha pasado por la cabeza que con los veinte millones de euros de la cúpula de Barceló se habría podido hacer un buen montón de escuelas en Kenia, y que eso tal vez se aproxime más a la idea que la mayoría tiene sobre ´ayudas al desarrollo´.
Pero Barceló es un gran artista y una obra suya puede servir para concienciar a millones de personas sobre la necesidad de ayudar al desarrollo de los países más pobres.
No lo pongo en duda, pero si tuviera que elegir entre gastarme veinte millones de euros en decorar una cúpula o hacer escuelas por toda África, seguramente haría las escuelas. Escuelas o lo que fuese. Mi amigo Rafael Maldonado, que es tan machadianamente bueno que aún se aprecia en él el chiquillo con el que jugaba en los recreos de nuestra vieja y querida escuela, me ha enseñado algunos modelos de cocinas solares que cuestan sobre unos ochenta euros (precio de venta al público por unidad, estoy seguro de que comprando miles el precio bajaría considerablemente) y con las que se puede cocinar sin gasto energético alguno. Y así tantas cosas. No dejo de preguntarme cuántos huertos solares, cuántas plantas potabilizadoras de agua, cuántos sistemas de riego, cuántas vacunas se compran con veinte millones de euros, y no dejo de asombrarme de que alguien no ofrezca una respuesta contundente y de que todavía tenga que venir un jefe masai vestido de lo mismo para que se nos reblandezca la conciencia y le alarguemos una mínima limosna para que los niños de su pueblo no aprendan a sumar debajo de un árbol.
Y todo esto sin desmerecer un ápice el mérito artístico de Barceló, uno de los grandes del arte contemporáneo mundial, pero no hay manera de que se pueda justificar que una obra suya se pague, al menos en parte, con dinero del Fondo de Ayuda al Desarrollo (FAD), que debería estar para otras cosas.
Es curioso que en Málaga, en este momento, coincida una exposición de Barceló, una muestra con ochenta y dos obras en la que se recogen veinte años de su trabajo en África, de la que él mismo dice que es "un gran ejercicio de vida; como una metáfora de algo inabarcable, muy compleja y variada", con la muy africana, metafórica y compleja figura humildemente altiva de un jefe masai que recorre la ciudad en busca de fondos con los que construir una escuela.