La vida no está en el berlanguiano pleno de Alcaucín. Su resultado: alcalde que ni siquiera es militante de su partido, un PA que desperdició su magnífica oportunidad histórica desangrándose en personalismos e ilegalidades poco o nada perseguidas. Alcalde por un voto tránsfuga del PSOE de quien era la anterior concejal de Urbanismo en un pueblo cuyo alcalde está en la cárcel por delitos urbanísticos (y ´asuntos de cama´, aunque sería mejor decir de colchón, de presunto dinero negro debajo del colchón). Tránsfuga contestataria con cierto halo a lo García Marcos (aunque sin su pedestal mediático costero ni su despierto discurso incendiario), que se creyó acreedora de un destino más elevado, y que no parece haber soportado que la otra mujer en liza -ya que se aconsejaba un rostro de mujer en la alcaldía- haya sido la elegida por los ex ´suyos´ y no ella. Alcalde por dos concejales del PP, que pretenden romper así con el pasado, según dice su todavía joven portavoz en la provincia que ya hace tiempo que habla como un viejo, en la contradicción de acoger el pasado inmediato con alegría entre los brazos del pacto del ´todo vale por quitarte una alcaldía´, y así sumar la matemática de la Diputación. Un PP malagueño que ha sido Bruto con el César socialista, al que apuñala por la espalda después de haberse hecho la foto rota de la concordia. Y alcalde con una oposición de cinco concejales socialistas que ni veían, ni oían, ni hablaban - se supone -, como aquellos tres monos del santuario de Toshogu, en Japón, mientras su primer edil cimentaba las pruebas e indicios sostenidos pero nada sostenibles que le han llevado a su prisión preventiva.
A todo esto se le pueden hacer, y de hecho algunos compañeros ya las han hecho, inquisitivas lecturas políticas. Poner en evidencia torpezas y ridículos internos. Pero desde la distancia de una noche de insomnio e Internet, tan sólo da sueño. Dormir para escapar de la caspa reciclada en gafas de diseño y últimos modelos de móvil, pero caspa que sigue sin leer más allá del manual de instrucciones del último pantallón de plasma puesto en el comedor. Porque la vida no está en esas miserias más que anunciadas que nadie quiso ni quiere derribar durante años. No está ahí con toda su pujanza de glaciar ardiente, imparable e imposible de derretir. La vida está en la alegría de un niño andaluz y en la cara de su madre. La vida está en los ojos cansados de quimioterapia de David mirando a su pequeño hermano Javier, que llegó con su curación bajo el brazo. La vida está en los ojos de la madre que les parió para que se cumpliera el milagro de la vida, de la vida de ambos. La vida que hay defender por encima del tedio repetido de los intereses cada vez más enanos de los partidos, y de los cada vez más fanáticos de la ultraortodoxia que gobierna las iglesias monoteístas. Ahí está la vida de lo que no se compra ni se vende, la vida que merece la pena vivir.