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Implosión De la Torre

 

Lucas Martín

Supongo que es cuestión de los campos magnéticos, de la física cuántica o del cuarto pie del gato que siempre cae del lado más suntuoso y vanidoso de la tostada. Supongo que el fenómeno no tiene nada que ver con los duendes y que estará consignado en libros oscuros y poco accesibles a mi enciclopédica ignorancia. A mí, está claro que se me escapa, pero tampoco soy tan burro como para no darme cuenta de que ahí, precisamente ahí, hay algo. Qué les puedo decir. El tetra brick se abre por el lado más perjudicial para uno y generoso para el entarimado, se pisa concienzudamente el escalón que ayuda a tropezar y se toma la decisión errónea justo en el momento en el que lo fácil sería acertar y contornearnos. Todo esto está interconectado. La coincidencia no tiene nada que ver con Dios. Ni con la vocación autodestructiva. Parece ser que en la cabeza tenemos una suerte de malformación, un perogrullo endiablado, un sistema de socorro a la inversa que induce sin compensación al error y al escarnio. Es lo que se denomina implosión, es lo que le ocurrió a la Unión Soviética. En general, todos participamos del síndrome, aunque existen diferencias de grado. Cuando se detenta un cargo público, la fuerza misteriosa que conduce a la decisión equivocada sale de uno mismo y adquiere forma de sujetos con corbata. Es lo que se denomina equipo asesor o cargos orgánicos. El alcalde tiene uno, aunque no se sabe muy bien si en su caso el fenómeno ha trascendido su cuerpo o se concentra en algún rincón poco estudiado de su fisonomía mediterránea. Justo cuando lo tenía todo a favor, ha regalado al pueblo una muestra del mecanismo digna de figurar en manuales. Contratar a un especialista del equipo de Bush es un ejemplo formidable, una decisión de las que no se explican sin la influencia negativa del tetra brick y de los duendes. Especialmente, si se tiene en cuenta que el tipo en cuestión se dedicará en Málaga a tareas económicas, apartado en el que su administración de partida se graduó con consecuencias calamitosas y universales. A nadie ajeno al pequeño mal se le ocurriría proveerse de los servicios de un diplomático estadounidense que estuvo en activo en la época de mayor aversión internacional hacia el país desde los días de Vietnam. Sobre todo, en un periodo en el que el principal problema político del alcalde se relaciona con el salario de sus adláteres y directores de área. Porque el tipo, han oído bien, no viene gratis. El alcalde tiene que andarse con cuidado. Con este tipo de decisiones no te salva ni El Cautivo ni la perestroika. Aunque quizá sí la socialdemocracia. Ésos, dicen las malas lenguas, están ya medio implosionados.

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