La política y la sastrería han coincidido siempre y sólo ahora nos parece un antiguo privilegio que lo hagan en una habitación del Ritz como en el caso del presidente de la comunidad Valenciana, Francisco Camps y su confeccionador José Tomás García.
Al sastre y al político se les exige que conozcan el paño y sigan un patrón: programa, programa, programa; patrón, patrón, patrón. Viendo al sastre con alfileres y tijera sabemos que pincha y corta, dos capacidades que debe tener el político si no quiere ser sólo figurón. He ahí otro nexo que habla de escalas, de aumentativos y diminutivos. En la dramaturgia de la política no es raro el figurón -hombre fantástico y entonado, que aparenta más de lo que es- y en el taller sartorio el figurín, que es dibujo o modelo pequeño para los trajes y adornos de moda. El figurón en el teatro es un protagonista ridículo o pintoresco y el figurín, en segunda acepción, es lechuguino o gomoso. Dos desvíos de los que tiene algún rasgo el relato sobre Camps.
Puntada. En la vida normal, el sastre -metro en estola, alfiler en boca- toma medidas todos los días, actividad que en la política sólo se nombra en circunstancias excepcionales aunque se practique a diario. Al buen sastre y al buen político se atribuye no dar puntada sin hilo. Ambos trabajan en complicidad porque el primero encubre las asimetrías y carencias del segundo y sabe, sin decirlo, hacia dónde carga: punto en boca.
El PP que se resiste a admitir la corrupción que investiga el juez Baltasar Garzón ha logrado que dimita un ministro socialista por cazar y que despidan a un sastre por vender trajes y no mirar a quién.
Después de 32 años de fiel corte y confección, el dueño de Cortefiel ha despedido a su sastre, el de Camps, y no por una sisa sino por comparecer ante Garzón, según el declarante, quien niega, profesionalmente, cualquier mala factura y cualquier factura falsa hecha por él.
Cae el hombre del acerico y resiste el de acero pero no parece que Francisco Camps, como sus trajes, tenga buen caer.