Esa canción desconocida que está sonando cuando encendemos la radio, y nos sube al cielo, pero acaba y el conductor del programa, sin decir el título, pasa a otra. O bien, antes de que empezara hemos oído el título, pero se ha perdido, y cuando nos cautiva es demasiado tarde para pillarlo, con lo cual la canción se ha ido para siempre. Pasión por la eternidad de lo sublime: núcleo de la condición humana. En realidad “sublime” y “eternidad” son contrarios. Esa misma canción, en otro momento del día, con la cabeza ya en sus menesteres, o sin los efectos del golpe del primer café, o sin la luz raseante de la mañana frenando la mirada y echándola hacia dentro, no sonaría igual. Y repetida la canción durante días, a cada hora, sería un suplicio. La belleza se nos ofrece así, efímera e huidiza. Puede ser canción, frase, mirada de alguien por la calle. ¿Eternidad disponible?: la memoria.