Se podría decir que siempre estamos, pero que sólo algunas veces somos. Con el mero hecho de vivir, ya se está. Pero el mero hecho de estar, en muchas ocasiones no basta. Al menos, no debería ser suficiente, no debería bastar. ¿Con el simple y tal vez cómodo estar se remedian males como las injusticias, los desmanes de los poderosos para con los débiles, los silencios cobardes ante cosas como el hambre o los mil y un tráficos de seres en el mundo? Cuando ante esas cosas uno se limita a sólo estar en el mundo, por más que en nuestro interior las repudiemos, ¿somos realmente seres humanos en el mundo? Lo dudo. No limamos sus duras aristas.
‘Ser’ y ‘estar’, en muchas lenguas, son asumidos en sólo un verbo, en una única palabra que no siempre es fácil de traducir con fidelidad. Un profesor de sintaxis decía que cuando los verbos ‘to feel’ o ‘to look’ pueden sustituir a ‘to be’, debe emplearse ‘estar’ en español. No nos basta con el simple y amplísimo ‘to be’, tan popularizado por la célebre frase del Hamlet: “To be or not to be, that is the question”. Por cierto, ¿qué querría decir don Guillermo Shakespeare con esa tan conocida, (y enigmática: fuera de contexto), disyuntiva? Si asignamos a ‘to be’ el valor de ‘existir’, no hay dudas. Pero sigamos. ‘Estar molesto’ y ‘ser molesto’ suelen ser ejemplos casi clásicos para asentir con el señor S. Gili Gaya, a quien antes aludimos a través de su ‘Curso Superior de Sintaxis Española’.
‘Ser en este mundo’ no creo que podamos hacerlo equivalente a ‘estar en este mundo’. Todo ser vivo, está en este mundo, del modo que sea. Pero para ‘ser de este mundo’ hace falta algo más. La expresión “Mi reino no es de este mundo” aclara mucho la cosa, a la vez que arroja una gran nube de dudas sobre otras series de cuestiones, que ahora no son del caso y no vienen a cuento. Uno puede decir de sí mismo algo como “yo soy un andaluz que no estoy en mi Andalucía” si, por ejemplo, está en plena Feria de Sevilla y se siente ajeno a aquel tipo de jolgorio que no le cuadra en un momento en que viene de ver cómo unos paisanos suyos, andaluces de Jaén, –pongamos por caso: por hablar o aludir a los ‘aceituneros altivos’ de Miguel Hernández–, acaban de ser desalojados de unas viviendas en estado ruinoso, pero edificadas no más allá de un decenio atrás, que son cosas que pasan.
A los místicos clásicos de nuestro Siglo de Oro, estar en el mundo no les hacía ser o sentirse del mundo. Y para mejor aclarar la cosa cambiaban la palabra ‘mundo’ por el término ‘siglo’, y decían de sí mismos, ( Teresa de Jesús, Juan de Yepes...), que ellos ‘no eran del siglo’. Del siglo, o sea del mundo, eran los que se entregaban a él, y no los que de él, del mundo, se apartaban. Algo de esto se retomaba en las canciones protesta de décadas atrás, como en ‘Al vent’, de Raimon, donde por cierto “se buscaba a Dios al viento del mundo”. Y todo ello, con o sin versos de Salvador Espríu de por medio. ¿Eran Raimon, Lluís Llach, y otros de la Nova Cançó, místicos, o ‘estaban’ místicos al cantar lo que cantaban? ¡Cómo cambian los tiempos, y cómo con los cambios, a veces, parece que retornan tiempos, tenidos ya por tan viejos, que ni soñando se imaginaría uno podrían retornar! Hoy, por circunstancias muy diversas, ya sin aparatosas dictaduras de por medio, estamos casi como éramos ayer: al borde de abismos insondables. Que ni la paz es cosa segura, ni se está del todo seguro en estos modos de paz. Y del hambre y de los que van al paro, para qué hablar. Estamos viviendo cambios de era, de modelos, de formas de comunicarnos. Y no siempre somos capaces de ver el hondo alcance de esos cambios. ¿Acaso algunos no seamos del todo ya de esos nuevos mundos? Ufff.