Detesto el fútbol. Como espectáculo en el que las personas revierten en masa y se pierden en sí mismas. Pero busco la belleza, como los neoplatónicos: la felicidad. Y hete aquí que, de repente, el pasado año, el fútbol se convirtió en algo bello gracias a los chicos de la ´roja´, antes selección nacional. Y después de eso, viene el Barça y crea belleza.
La creó en el Bernabeú frente a unos voluntariosos amigos millonarios vestidos de blanco. Y la creó el pasado miércoles, frente a un equipo inglés aburrido, conservador y, por fin, ineficaz. El Barça estará en la final de la Champions por méritos propios, por hacer una propuesta de belleza deportiva, porque creen en sí mismos más allá de extrañas llamadas a reivindicaciones patrias. El Barça es más que un club y menos que un equipo de fútbol, decía hace muchos años un colega periodista barcelonés: tenía razón. El Barça actual es una escuela de estética y de ética deportiva de la cual se pueden aprender muchas cosas.
Por ejemplo, saber estar y tener estilo en la estancia. Y ahí se sitúa Pep Guardiola, el entrenador de un colectivo de futbolistas que cuando ven una pelota, solamente piensan en jugar bien para mayor satisfacción de quien les contempla. Después vendrá el resultado, pero primero está el arte. Guardiola, medalla de oro con otra ´roja´ en Barcelona 92, es el director de una orquesta de enamorados. Del deporte, por supuesto. Ganarán, perderán, pero siempre dejarán el regusto de la estética, el azar de la búsqueda persistente de la obra bien hecha. Quizás por eso, antes de dirigir al Barça, Guardiola se pasó casi un año rodando un reportaje, todavía inédito, sobre la vida cotidiana de un relevante político culé.