Creo que fue el miércoles cuando apareció la caja azul. Así, de repente como si fuera la antítesis de una nube, el poema flatulento del invierno cesante. Llegó, no se sabe muy bien de dónde, y se apostó frente a nuestras cabezas. Nadie explicó absolutamente nada. Aparece una caja azul y todo el mundo especula: será el cajón de la obra de al lado, un contenedor gigante, una presencia en toda regla. Sófocles no llevaba razón, la ignorancia no gratifica, desconcierta y excita igual de rápido la conciencia y los pulmones. Nadie sabe qué hacer con la caja. El no saber inspira estrategias de reelaboración de la realidad cotidiana. Yo, que sé muy poco de obras y de motivos fiscales, vivo como puedo en mi ignorancia, a veces con horror, otras con entusiasmo. A falta de información, siempre está la mitología. De alguna manera, no condenemos a Sófocles, se experimenta una especie de placer nacarado e infantil al sustituir con leyendas las aburridas explicaciones tradicionales. A mí me gusta pensar, cosa que soliviantaba muchísimo a Ortega, que las luces se encienden por milagro. El Ayuntamiento utiliza el mismo método. Agarra conceptos tradicionales y los desnuca hasta que crece, imperturbable y osada, la primera noción de misterio. Su última propuesta ha sido la de crear un botellón sin alcohol. En un nota de prensa, explica que será un espacio de convivencia a la intemperie, sin trasiego de botellas y libre para el diálogo. Que yo sepa, eso ya existe. Se llama plaza. Mi abuela, armada con su silla de verano, canónicamente a rayas, lleva practicando botellón sin alcohol desde los años de Girón de Velasco. A veces me pregunto qué ha pasado con la vida para que lo público suene a I+D+i. Imagino que primero llegó una caja azul. Luego surgen tiendas, bares, la calle como eterna sucursal, connotación de las reglas del juego, sustitución del hombre por el atribulado ciudadano.