Demasiado rápido, me dije, dale otra vuelta. Era la mañana del día siguiente de la imputación de Camps y me hacía una excursión y un zumo de naranja por la montaña de los periódicos en busca de una imposible sorpresa. Quia. Todo el mundo en sus trincheras, qué aburrición. Todos torean con toro propio y con público alquilado. Como los espectadores que llevaba a los estudios de su televisión Antonio Asensio, el gran genio de las finanzas a martillazos: pagaba a precio de litro de sangre (y bocadillo) unas horas de paisanas y paisanos aplaudiendo en el plató. Es verdad que era el presidente de aquella televisión. Y es verdad que era el presidente de aquella empresa de servicios que cobraba, con su goloso beneficio industrial, el reclutamiento de aplaudidores entusiasmados. Y Einstein creía que era un genio.
No hay resquicio ni para las maldades inocentes ni para el periodismo de investigación del eco de las carcajadas de los enemigos íntimos, por ejemplo. A nadie se le ocurrió entrevistar a Zaplana, preguntarle si tal vez por casualidad se trataba de uno de los días más felices de su vida y qué sentiría si vistiera los trajes de Camps. A lo cual que Zaplana, después de pensárselo diez tomos y una sonrisa, habría dicho solemne: estoy plenamente convencido de que el presidente Camps sabrá en todo momento lo que tiene que hacer (la parte del "presidente Camps" la habría pronunciado con una demora de vitriolo y vinagre). O sea, una de esas frases como arañazos de gancho de pirata que se inventaron los ingleses para mandar a los patíbulos a sus reinas.
Ocurrió casi en el último bostezo, mientras pasaba con desgana las páginas pret a porter de un periódico monárquico y conservador, hermoso pleonasmo. No podía ser. Demasiado rápido, me dije, dale otra vuelta. Vamos a ver: uno ya tiene sus hervores. No venía en portada, vale; no venía entre los personajes del día, vale: no venía entre las fotos de actualidad a pesar de lo bonito que viste y calza, vale; no venía entre los titulares de las primeras páginas de nacional, vale. Y las de opinión tampoco se le dedicaban una miserable errata a tan desagradable asunto.
Resultó que, coño, por una cenital coincidencia, ni los editoriales ni nadie es nadie entre las decenas de briosos, brillantes, deslumbrantes, hilarantes e independientes opinadores del periódico, tocaba un pelo en renglón de los bigotes del amigo de Camps ni de ese desabrido trámite procesal de la imputación. Ellos y ellas, que nos hicieron disfrutar tanto pidiendo a cañonazos de razón el cese inmediato del ministro Bermejo, intolerable cazador sin licencia. Total que, armado de paciencia y mojándome el dedo índice (en la punta de la lengua) pasé y pasé hasta que por fin pude leer un confuso no se qué de una declaración el martes hoy en el juzgado del presidente valenciano Francisco Camps. Era la página cincuenta.
Corren torrentes de razonable preocupación entre los (escasos y testimoniales) sindicatos de periodistas. Miles ya están en la puta calle. Y las putas calles que quedan. Los cambios tecnológicos y la crisis (pueden variar el menú a su gusto) se están llevando por delante los dulces años de ponga un periodista a su mesa. Se me ocurre una melancólica variante más: a lo peor también tiene que ver la de miles de millones de veces que hemos consentido a las empresas que la mitad de la mitad de la verdad empiece a publicarse en la página cincuenta. Par.