Se nos van muriendo los poetas apresuradamente, como si les hubiese entrado, de repente, una prisa primaveral y alocada. La semana pasada fue Antonio Vega, que se dejaba llevar todos sabemos bien por qué sustancia, de la que nadie, por cierto, se ha hecho eco por ningún lado. Y esta semana se ha muerto Mario Benedetti, el poeta del compromiso, de la dignidad. Es frecuente en la necrológica española que se obvien los asuntos escabrosos (sin ir más lejos, el de las adicciones de Antonio Vega que citábamos arriba), siguiendo aquel proverbio romano de no hablar jamás mal de los muertos. No romperé yo la tradición, siendo Benedetti, sin embargo, un escrito al que no aprecié tanto como a otros grandes compatriotas suyos, pongamos Felisberto Hernández sin ir más lejos y el más grande prosista en castellano de todo el siglo XX, nada menos que Juan Carlos Onetti.
De Benedetti podría decirse lo mismo que decía Juan Ramón Jiménez de Pablo Neruda, que era un gran mal poeta. Lo que perdía en técnica, en pureza lírica y estilística, lo ganaba en humanidad, en cercanía al hombre, sobre todo a su dolor. Benedetti tenía ese empuje del resistente, cualidad que le daba a su verso y a su prosa una energía determinante, capaz de llegar donde pocos han llegado, no ya a los libros, sino a las canciones y hasta a los posters, haciéndole tremendamente popular.
Pero es un terrible error confundir calidad con popularidad, excelencia con difusión. Este viene siendo uno de los grandes males que aquejan a la literatura desde hace mucho tiempo, un mal, por cierto, que avanza en proporción geométrica a una velocidad que da bastante miedo. Los estantes de las librerías, sus mostradores de novedades, aparecen constantemente acaparados por un montón de basurilla impresa, aquella que la publicidad se empeña en hacernos creer que es lo mejor que se ha escrito jamás, cuando al final sólo te encuentras una insufrible intriga vaticana, un folletín de historia ficción con mucho templario o una de esas conspiraciones paranoides en las que todos los malvados tienen "la mirada fría como el acero".
No quiero decir, porque sería injusto y falso, que Benedetti llegara a esos niveles de degradación literaria. Él, con su aspecto de oficinista cansado, con ese aire triste que tienen los uruguayos en general y los de Montevideo en especial (y sin embargo era un escritor embriagado de alegría), era uno de esos intelectuales comprometidos que tanto se llevaron en los sesenta, y esa fue la principal razón de su popularidad. Benedetti fue mejor rebelde que escritor, y gran parte de su éxito se la debe, precisamente, a eso, a haber llegado en aquel tiempo en que hacían falta los rebeldes. Pero el compromiso social o político no es, no debe ser, un criterio literario. Benedetti fue de esos hombre necesarios que decía Bertolt Brecht, pero no necesariamente eso lo hace un escritor excelente.