Querida Noela: como sabes, hace unos días que hablé por primera vez contigo. Eres ya una treintona que representa a una generación que no sabe de la construcción de este país en las últimas tres décadas, es decir, las tuyas. No sabe no por no querer, sino porque la información es incesante y la memoria es breve. Decía el añorado Benedetti que "todavía me siento un poco incómodo/ en mis primicias de sereno/ como quien entra en un traje nuevo/ que tiene bajas las hombreras." Y yo te intentaba explicar lo mismo, que es lomismo, al decir de César Vallejo, cuando te hablaba del Yak-42, de la sentencia y de los responsables.
A veces, o a las veces, al decir de Unamuno, hay que escribir muy clarito: el señor diputado Trillo Figueroa es un sinvergüenza. El señor Trillo, siendo ministro de Defensa, mandó a sus hombres, médicos militares, al suicidio colectivo por el bien de su causa y la de su presidente del gobierno, Aznar López (desgracia plena para la historia de España). Trillo no respetó, y él lo sabe, los criterios científicos que le trasladaban sus médicos militares. Trillo y su despreciable presidente López, primaron la ocultación de contratos impresentables de transporte aéreo de tropas españolas, con la farándula de un funeral de estado presidido por los Reyes de esta monarquía extrañamente republicana. Trillo, hace dos días, compareció en no rueda de prensa, porque se negó a responder preguntas, declarando su bonhomía y su discrepancia con la sentencia.
Querida Noela: como te decía, sólo queda una cosa, un acto, un pequeño gesto: que el señor Trillo se vaya a su casa y desaparezca de la vida pública para siempre jamás. Salvo, eso sí, y ojalá el puñetero dios de Trillo lo conceda, los familiares de las víctimas consigan llevarlo a los tribunales y lo juzguen correctamente como él sabe que se puede hacer.