Qué difícil resulta ser persona, mantener la libertad a salvo, disfrutar en paz y creer en el progreso cuando uno se detiene a reflexionar acerca de lo que vive, ve, escucha y lee a diario en estos tiempos de deriva. Utilizo el término deriva porque al naufragio del sistema económico (imantado por la corrupción del ladrillo, por el ilusionismo del consumo prestidigitado por los bancos y por la avaricia de las empresas aún rentables que consideran a los empleados como un cero a la izquierda), hay que sumarle la pérdida de rumbo de los discursos políticos, de los derechos del menor, de la justicia, del ocio juvenil y de muchos otros temas de importancia hasta completar una larga lista de las vergüenzas del siglo en el que nadamos perdidos. Este argumento no responde a la visión catastrofista de cierta ideología ni tampoco es la tesis de un cascarrabias que ha cruzado la frontera de la vida adulta. Únicamente es la constatación de la realidad que nos sale al paso cada mañana; unas veces a las puertas de casa y otras en las informaciones que plasman nuestros medios de comunicación.
Los hechos hablan por sí solos. Hace unas semanas un pub malagueño fue denunciado por prostituir menores sin recursos y una discoteca granadina fue criticada por usar el reclamo de subastar chicas en una fiesta de menores. Bien, pues otro establecimiento del centro de Málaga se convierte en actualidad por ofertar una invitación a copas a las mujeres que vayan vestidas de colegialas. Vaya ejemplo de imaginación comercial y de ocurrencia que ofende la dignidad de la mujer y la continúa utilizando como objeto de reclamo sexual. El sexo, tan placentero, plural y accesible en estos tiempos, en lugar de propiciar una liberación y un mayor disfrute se ha convertido en una nociva obsesión, en una publicidad chabacana y en una amenaza ejercida por los acosadores, violadores y consumidores de pornografía infantil que cada mes aumentan en número. Por otra parte acabamos de conocer la condena a un joven, otro más, de veintidós años que, al salir de una discoteca en Benalmádena en 2007, apuñaló a otro de forma súbita, inesperada y certera, por vaya usted a saber que gilipollez de altas horas de la madrugada. También asistimos a la impotencia de los padres de Marta del Castillo, después de que la policía tan experta y la justicia tan minuciosa no hayan despejado las incógnitas del crimen ni mantener la supuesta implicación del hermano mayor del exnovio chiquilicuatre. Igual que esos que en el paseo marítimo de Málaga rodean a los más pequeños para choricearles el móvil y un puñado de euros (he padecido sus escupitajos y amenazas junto a otro adulto al intentar mediar en el atraco). Y si dejamos de lado la gente de la calle y nos acercamos a los partidos políticos que deben convencernos con sus ideas sobre el futuro de Europa, resulta que siguen proclamando tópicos o lanzan, como ha hecho el PSOE, un video tan agresivo como burdo. Claro que estas maneras, con las que algunos ideólogos estrategas deseducan al pueblo al insistir en la inutilidad del diálogo y del respeto al contrario, también las exhiben el resto de partidos empecinados en la descalificación continua, en buscarse la paja en el ojo y en demonizar al adversario. Todo esto sin hablar de lo qué ocurre con el trabajo, con la sanidad y con la enseñanza. Así que ya me dirán ustedes si la sociedad que hemos levantado, con apariencia de modernidad, bienestar, esfuerzo y criterio, sólo es un castillo de naipes sin pilares, sin ventilación, sin pararrayos y a merced de cualquier golpe de aire.