Los dos grandes partidos están empeñados en que Europa sea una realidad lejana para los ciudadanos. Los primeros compases de la campaña obvian la importancia de Europa y de sus instituciones y se empeñan en que la movilización de los ciudadanos pasa por la confrontación domestica; todo para que se pueda sacar un test y una ecuación de la fuerza que tienen en su disputa española. Ni siquiera existe la intención de resaltar que el futuro de esta crisis pasa por fortalecer unas instituciones que dinamicen los comportamientos de la Unión Europea. Es un "nos salvamos todos o todos perecemos"; pero la tentación de Rajoy es utilizar las elecciones europeas como instrumento de desgaste del Gobierno en su escalada hacia La Moncloa; y el PSOE, en justa correspondencia, se defiende para que los resultados no le perjudiquen en su dinámica política española.
Los padres de Europa soñaron con la sinergia de cuatrocientos cincuenta millones de ciudadanos para ocupar un lugar en el mundo, para garantizar el desarrollo de sus países en un ámbito de gobernanza supranacional. Hoy los ciudadanos sólo intuyen Europa en la teoría que rara vez se formula al margen de la praxis de pagar en una moneda común.
La pedagogía sobre Europa ni siquiera se puede reservar para esta campaña electoral, en donde además, de momento, está ausente: si queremos que Europa progrese, si deseamos tener un lugar en el mundo, es responsabilidad de los líderes políticos trasladar permanentemente el debate europeo a la política nacional. De momento, Europa seguirá lejos.