Bonito premio, bonito reloj de pulsera

01.06.2009 | 22:31

Francisco Romacho

Tic-tac, tic-tac. Es de pulsera sí pero sus manecillas se mueven al compás de un segundero infernal, un segundero que me persigue. No es de pulsera, no es de pared ni de cadena, no existe, no existe, no hay nada en mi muñeca. Sólo es un despertador de un día más de una semana más de un año más, sólo es un despertador. No es un despertador, es el teléfono, el maldito teléfono de un hotel más de un lugar cualquiera, de una campaña más, de un pueblo más, de unas elecciones más. Hay demasiadas elecciones en mi vida, urnas, mítines, kilómetros. Como si me hubiera atropellado una caravana de compromisarios, como si me hubiera sepultado una tormenta de granizo de pasquines, como si me hubiera convertido en un papagayo jefe de todos los papagayos, de todos los loroparques, de toda la política. Ese abuelo que me abraza se parece a Solís. Solís se murió y ahora soy yo el que ha encanecido, he encanecido a golpe de muecas como sonrisas, maldita sea, no es un reloj de pulsera, no es un despertador, no es el teléfono del hotel, es este viento del sur que me deja los labios rozados de lija.
Hay un tío en la cárcel. Sí, sí, hay un tío en la cárcel. Lo estoy viendo. Me mira, me busca con el rabillo de los ojos, acurrucado y lastimoso desde una litera sobre un colchón de hojas secas de maíz, que es el colchón de los presos que tienen barba. Todos los presos que tienen barba duermen sobre un colchón de hojas secas de maíz. Todos los presos que tienen barba duermen sobre un colchón de hojas secas de maíz y todos los presos que son morenos del Senegal duermen sobre una jarapa de Níjar, una jarapa de esparto de Níjar que tiene un dibujo del sol en añil y un atardecer de pinsapares deshilachados, como si se estuvieran muriendo a golpes de calor, porque todos los pinsapares mueren a golpes del calor que traen en los bolsillos y en las arrugas de la piel los morenos de Senegal que duermen en las cárceles sobre las jarapas. El tío de la cárcel dice que le ha dicho a un juez que me ha regalado un reloj, un reloj de pulsera de mil quinientos euros o alguien le ha dicho a un juez que el tío de la cárcel ha dicho que me ha regalado un reloj de mil quinientos euros pero no hay nada en mi muñeca, sólo es este maldito viento del sur que quema y no hiela, que derrite los huesos y empuja las pesadillas hacia los acantilados.
Hay una foto que me persigue como los días azules perseguían a los locos de los manicomios de los veranos de arena y víboras. Me persigue o me espera entre carcajadas y me atrapa entre dentelladas. Cierro los ojos sí y oigo sus carcajadas. Son ellos, sí son ellos. Mis amigos y mis enemigos que se ríen a carcajadas. Detrás de esa foto dicen que estoy yo con los amigos del tío que está en la cárcel pero yo no me veo, me busco pero nadie se me parece y el que se me parece se me escapa de las manos como el aceite Mis amigos y mis enemigos se ríen como si esperaran algo, tal vez una profecía que podría cumplirse, tal vez mi propia soledad, tal vez el principio del fin. No es un reloj de pulsera, no es un despertador, tampoco es el teléfono del hotel, es este calor, es esa voz, que viene desde más allá, de los tiempos de los altramuces y de las chufas en barras de hielo, de los tiempos de aquellos charlatán de las ferias en las que los adolescentes nos besábamos en los coches de choque. La voz del charlatán de las tómbolas, todo el día y toda la noche: bonito premio, bonito regalo, bonito reloj de pulsera, oiga. Y este calor, este maldito viento del sur. Tic-tac. Tic.

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