Según las encuestas más fiables y milimétricas de los últimos días, las elecciones europeas del próximo domingo no suscitan demasiada alegría ni se presumen capaces de alterar el ánimo de la población que, por razones igualmente milimétricas y compartidas, han decidido hacer su vida al margen de las oportunidades laborales y electivas que brinda la política. La convocatoria, a pesar de las admoniciones de los partidos, o precisamente por eso, no parece que vaya a tener más éxito que un catering de cantimpalo en la ópera o un ´show´ picantón practicado a dúo por el señor Botín y una molleja formidable de Cristina Almeida. El fiasco se antoja inminente y existen varias razones que ayudan a explicarlo. El primero es de orden cronológico. El domingo, por mucho que se empeñen los aficionados a la paella y a pasear en público, no es un buen día para salir de casa. Tengo amigos que lo han intentado y regresaron con el alma hecha trizas. Desde siempre, la última jornada de la semana está dedicada a la ingesta de prozac y la protesta íntima. Nada de sobreesfuerzos y redenciones colectivas. Luego está el mensaje de los políticos. Si se vota por el PSOE la economía se irá al garete y allí no hay forma de encontrarla, por mucho que se haya nacido en Lourdes. Si se opta por el PP, vendrá una turba de lugartenientes casposos dispuestos a bautizarte con ácido sulfúrico, los homosexuales arderán en San Antón y los inmigrantes tendrán que comprarse lanchas motoras para quitarse de en medio antes de que se forme la de Dios y se comulgue con los cavernícolas. Ese es el escenario que dibujan, del que tampoco sale bien parada Izquierda Unida, formación compuesta a la sazón, como todo el mundo sabe, por auténticos hijos de Stalin que practican alianzas secretas con los masones y la perilla innombrable del ángel caído. La política en España siempre ha sido así, un asunto de intelectuales y de altura. Supongo que padecer una teocracia durante más de cuatro décadas legitima a jugar con el discurso del miedo hasta en el patio de vecinos. O eso o que toman al pueblo por gilipollas, que, al fin y al cabo, es lo mismo. Hace cuarenta años, el gran Alberto Savinio soñaba con la unión de Europa como la panacea a la terquedad y los totalitarismos. No desaprovecho la ocasión para recomendar sus ensayos, publicados en Bruguera. De su visión y la de Ortega aquí en España sólo quedan diputados de cosmopolistimo de talega con ganas de brindar por los fracasos del enemigo de toda la vida. Aún no sé si votaré. Pero me confieso más colchonero que Futre.