Al atardecer un chaleco reflectante parece que anda solo. La mujer que lo lleva puesto camina por el polvoriento arcén de la carretera que conduce a la aldea de El Rocío. El espejo retrovisor del coche me muestra la catarsis colectiva alrededor de aquella imagen que alguien encontró hace siglos y posteriormente veneraron los almonteños, hasta convertirse en el eje de la romería más multitudinaria. La luna delantera del vehículo me acerca, sin embargo, a esa mujer de chaleco amarillo limón y tez cetrina, inmigrante trabajadora en los ricos cultivos de Huelva, y ajena por religión y origen a la peregrinación rociera.
Los periódicos del día anterior, apiñados sobre el asiento delantero derecho del coche, me ofrecen como imágenes recortadas en otro espejo las fotos y titulares de esta campaña electoral de baja intensidad; una campaña europea que sólo parece la continuidad de otra campaña política nacional y permanente, ésa en la que se ha convertido el ejercicio de gobernar y oponerse en nuestro país a diario. Y, por un momento, mientras reprimo las ganas de detener el coche y hablar con esas mujeres que vuelven sudorosas del trabajo embutidas en sus chalecos reflectantes entre los coches, por no abundar aún más en el atasco y entorpecer su trasiego en la estrechura de la vía, imagino como una revelación la metáfora. Veo a muchos ciudadanos con chalecos reflectantes tratando de caminar sin que les atropellen carros, gigantes, cabezudos, caballos y coches electorales, intentando escapar con la dignidad callada de mantener ajenos el paso, del espectáculo bochornoso que las personas engranaje de la maquinaria electorera, sus candidatos trasnochados y los líderes políticos nacionales actuales e históricos que les flanquean, están dando.
Cuando la democracia termina por fomentar una clase política ensimismada y de baja calidad democrática, y que reúne a miles de personas contratadas para mantener en funcionamiento su imparable maquinaria de supervivencia, el voto en blanco y la abstención no pueden ser obviados sin más. Rosa Díez –y la cito por su autoría y la vergüenza profesional de hacerlo, no necesariamente por adhesión o por dejar claro lo contrario- dijo este martes en la plaza de la Constitución malagueña algo que, al margen de conjugar bien con su posición minoritaria de Pepita Grillo política, es tremendamente relevante: "Si los ciudadanos pasan de la política, a las instituciones llegan políticos que pasan de los ciudadanos".
Quién cayó en el proceso de degradación antes: los políticos o los ciudadanos. Llegados a este punto, habrá que reconocer que en esto la gallina y el huevo no tienen los mismos niveles de responsabilidad. Y que a los políticos parece que les va bien donde están, ya que resulta anecdótico verles irse. Su clase está en permanente reciclaje, y en su aldea cada vez están más acompañados. Familiares y amigos llegan como peregrinos a instalarse.