Ve aquellos altos caballe-ros, elegantes y bien trajeados?
– ¿Aquellos que parecen modelos de alta cuna, elegidos de los dioses?
– Los mismos. Véolos. ¿Y...?
– Eran mi panda. De niños. Jugábamos por las calles del barrio a todo lo que se terciaba: a ladrones y policías, a piratas... ¡Qué sé yo a cuántas cosas jugábamos! Y las peleas, todas a a pedrada limpia. ¡Menudas pedreas! Y si a cates, de uno en uno.
– Sí, todo eso eso está muy bien. ¿Y qué, con esos caballeretes, eh?
– Pues que ya, ¡ni me saludan! Son políticos, ahora. Otra clase ya, ¿sabes?
– Habrás cambiado mucho. Te has quedado calvo, y estás muy gordo. Tú, de enantes, eras un fideo. ¡No todo ha de ser olvido deliberado, hombre!
– En este caso, lo es. ¡Seguro! Cuando llegan las épocas electorales, cuando hay que votar algo, se acuerdan de todo, ¡de todos y de todo! Y luego, ya instalados en sus escaños, puestos, edilías y demás, se desmemorian que es un gusto. Por no decir que es un asco. Y se dice antes, no enantes. ¡Cateto!
– Si tú lo dices... Yo, en cambio, le veo su no sé qué castizo... ¿Tú no?
– Créeme, zoquetillo: es gente que se desmemoria en cuanto le interesa. Y al que se desmemoria poco o a destiempo, ¡zás, cabeza que se corta! En metáfora, claro.
– Claro, claro: no creas que voy a pensar otra cosa. Pero me has cambiado de tema, que yo te hablaba de palabras. Y dime, ¿desaparece gente?
– Sí, mucha. Ahora, que..., ¡también los hay honrados, entre políticos, sí señor! Sólo que suelen durar poco: o les buscan las cosquillas y los lían, o se los cargan del todo. Mira el caso de Calvo Sotelo, en la República. Y el de JFK, en los Estados Unidos de América. Por sólo citar algunos casos paradigmáticos.
– Sí, algo de eso hay. Con los curas pasa algo por el estilo: mira Ellacuría, el jesuita. ¡Y esta vez no eran negritos caníbales, sino blanquitos con metralletas y mucha mierda de por medio! Ignacio pagó con su vida por un ideal cuya herencia había aceptado con plena consciencia. Y, –¿ironías del destino?–, en efecto, "murió en El Salvador"... Este año se cumplen 20 de su asesinato, con otros más. Y Celina...
– Ideas hay que son peor que las drogas. Fíjate en aquello del cambio, por ejemplo: "¡Por el Cambio!", decían. ¿El Cambio, de qué? ¿De moneda, para crear una crisis que a unos cuantos ya ha hecho ricos de por vida y hasta la tercera o cuarta generación? ¿Y lo de la hoz y el martillo? ¡Menuda estafa se han venido traginando con la gente trabajadora de verdad! ¿Quién es Celina?
– A New Deal. Por el cambio. ¡Mosergas! ¿Celina? Una chiquilla de quince años. Pero, a otra cosa: ¡Bebamos y comamos que mañana moriremos, carajo!
– No, si eso siempre se hace. ¡Menudas comilonas se dan! Y ahí, se olvidan de todo. Y además, "ellos" nunca las pagan. Son muy finos en lo pirarse del pagar
– ¿Quién las paga, pues?
– Las bases. La gente trabajadora. El pueblo. Los cuotistas de a pie...
– ¿Qué es un cuetista, pues? ¿No será leyenda urbana eso de pagar cuotas?
– Quien paga cuotas es cuetista, pues. No es palabro mío. ¿A qué tanto "pues"?
– No sé, pues. ¿En quedan los cambios, si todo es cuotear y cuentear, según me dices? ¿En nada más que un palabrerío de mítines y punto? ¿Y para eso pegamos carteles en el 77? ¿Y también en el 82? ¿Y para eso dinerales en votaciones?
– Míralos, míralos: ya se van chisteando los unos a los otros. En el fondo, se espían, se odian, se traicionan por un carguillo. ¡Hasta ruedan cabezas!
– ¿Y no te alegra que no te reconozcan, visto lo visto? ¡Yo me felicitaría, pues!