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Tarjeta roja

 20:48  

Guillermo Busutil

En la periferia humilde de sus infancias, Cristiano Ronaldo y Kaká jugaban descalzos con un balón de segunda mano. Un sueño esférico con el que escapar de la pobreza sin asfaltar, del lumpen de la delincuencia que les aguardaba fumando en la esquina o de un futuro proletario de familia numerosa y sopa boba. Ellos escaparon jóvenes a bordo del ferrari del fútbol y desde entonces todo les ha rodado bien, convirtiéndose en los príncipes de ese negocio insaciable del que muchos desconocemos la procedencia y el destino del dinero que se mueve doblando a Hacienda, haciéndole caños a la realidad y dejando en fuera de juego la razón de esos millones de mortales que pagan, gritan y disfrutan con los intermitentes destellos de talento de sus ídolos. Atletas jóvenes y guapos que protagonizan anuncios, que salen con hermosas modelos y con golfas sin lencería; que se quiebran por el exceso de los partidos cuyo destajo dura hora y media y a los que los clubs le blindan las botas y las ambiciones. Ellos viven en otro mundo, ajenos a las condiciones de sobreexplotación inhumana que padecen otros inmigrantes como ellos, a la crisis económica que en España se ha cobrado millones de parados, millones de familias sin ingresos de ninguna clase, miles de trabajadores –currantes, autónomos o pequeños empresarios– de edad madura sin futuro a la vista, de tantos periodistas a los que le despiden de un sueldo miserable o le cierran la radio donde se han dejado la vida y su dinero, como a la Onda 8 del malagueño Paco Linares por no bailarle el agua a un alcalde. Estas víctimas (que estudiaron carreras universitarias, que se hicieron a sí mismos a base de esfuerzo y capacidad de riesgo o que salieron adelante con sudor y privaciones) no existen para Ronaldo, para Kaka, para Villa o Ribery. Los otros jugadores estrella que también esperan que Florentino Pérez –nunca fue tan mágico ese apellido de los sueños infantiles– pague cerca de cuarenta millones de euros por cabeza. La misma que única le da la vueltas al sueño de los títulos deportivos, a agrandar su caché y no perder la química con los pies que posibilitan el triunfo deportivo y publicitario de un club, el delirio afectivo de quienes hacen malabarismos con su sueldo para disfrutar con el malabarismo pelotero de sus héroes.
Pero lo peor de este obsceno derroche millonario, con el que se podría cubrir el paro de cien mil personas en un mes, es que apenas provoca indignación social ni la conveniencia de estudiar, desde el gobierno acostumbrado a echar balones fuera, que estos clubs de economía tan blanca estuviesen obligados a destinar una parte de sus suculentos ingresos a paliar graves carencias sociales. Como mucho ha desatado los celos y la preocupación de otros poderosos del fútbol que miran el fondo de armario de sus carteras para ver como compiten en esta enloquecida cacería de futbolistas a los que, exceptuando a los que juegan en categorías inferiores, jamás habría que equipar con los trabajadores que cada día se quedan sin resuello en el tajo, que convierten en fantasmas a la deriva o en el lastre que sueltan las empresas, cuyas cúpulas se emborracharon de ambiciones desmedidas o que se niegan a tener menos beneficios por los que brindar con champán, caviar y muñecas de bisturí. Claro que peor me parece que ni siquiera los periodistas deportivos, inmunes también a la grave crisis de la prensa seria, hayan abierto la boca al escuchar a Joseph Blatter, presidente de la FIFA, decir que el entretenimiento del fútbol es el pan para el pueblo. Manda pelotas. Por eso, por mi parte, le saco al fútbol tarjeta roja.

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