Con razón o sin razones, desde el punto de vista ético o estético, apelando a la sensatez o impelido por la envidia, que es tan cochina como el dinero, se le podrá acusar de muchos pecados o no, pero nunca proclamaremos en nuestro sano juicio que Florentino Pérez defrauda las expectativas que levantan sus apariciones en la escena futbolera, al menos hasta que la pelota eche a rodar. Tras fichar, en menos que canta una folclórica durante una entrevista, a un brasileño estupendo y a un insufrible portugués, ronda decididamente los pasos del mejor goleador español, del mejor jugador francés, del pichichi uruguayo, de un chicarrón donostiarra, de un catalán exquisito y quién sabe de cuántas más figuras del balompié mundial. Y encima afirma, sin mover un músculo de su oronda cara, que va a recuperar todos los millones de euros gastados, alrededor de trescientos, merced a la publicidad y la venta de camisetas. Qué tío. ¿Tendremos finalmente que tragarnos las palabras los que nos choteamos de Butragueño cuando lo calificó, teniendo en cuenta todo lo formalito que es Butragueño, de "Ser Superior", imagino que con mayúsculas?
A despecho de Neruda, quien fue un poeta torrencial, pero no un delantero centro, en el fútbol es tan largo y torrentoso el amor como corto el olvido. Así, el amor infinito a los colores, quizás sólo parangonable al de una madre, y la ilusión que provocan suelen nublar hasta los recuerdos. En su anterior etapa de presidente, de la que sólo hace un pispás, Florentino también acabó reuniendo en su equipo a la flor y nata internacional de este singular deporte, mas los resultados fueron discretillos. De ahí que el público del Bernabeu le tomara gusto a abroncarlo cada domingo y él se quitase de en medio bastante jodido. El hombre, con cierto fundamento y escasa inteligencia, acusó a los aficionados madridistas de ingratos. Sin embargo, sabido es que, con notabilísimas excepciones, a los hinchas les importa un pimiento morrón el pasado, por lo que ahora lo acogen como al padre pródigo que está ya siendo a la hora de fichar jugadores codiciados, al menos hasta que la pelota pegue en el poste en vez de colarse dentro de la portería rival.
Las críticas al derroche espectacular de euros que está llevando a cabo Florentino Pérez, sea un Ser Superior o tal vez algo menos, me resultan irreprochables desde el raciocinio. Sin ir más cerca, el buen artículo de Guillermo Busutil ayer en este periódico era un modelo de cordura. En mi opinión, sin embargo, falla el método. La pasión por el fútbol es un hecho tan disparatado que se me antoja discordante cualquier abordaje racional al mismo. Prefiero, aunque suene raro, eso de que "fútbol es fútbol" y de que "la pelota rueda para todos". Cuando eche a rodar de verdad, si besa con frecuencia las redes rivales, los aficionados madridistas creerán haber llegado al éxtasis; si ocurre lo contrario, pensarán, sin siquiera conocer al novelista Ray Loriga, que lo peor de todo es haber conocido a Florentino Pérez. A mí, la verdad, lo que me tiene intrigadísimo es saber cuántas camisetas venderá. Y de qué tallas.