La teoría política de ETA y sus secuaces es de una pobreza rallana en la estupidez, una mezcla de irredentismo, mística nacional y marxismo-leninismo que aventaja en simpleza a la del líder supremo de Corea del Norte, por poner un ejemplo. Su único argumento de peso es la muerte. Las razones de ETA consisten en que sabe matar, mata y seguirá matando. Un producto político de esa naturaleza no puede formar parte, ni directa, ni indirecta, ni colateral, ni refleja, ni pretextual (ETA como pretexto para un soberanismo pacificador), de una opción democrática. La democracia como sistema y la muerte como argumento político son incompatibles. Una muerte más es terrible, pero, como aquí se decía ayer, mayor problema aún que la existencia misma de una banda de asesinos en acción es que haya gente que siga sin ver la necesidad de excluir por completo a los secuaces de ETA del juego político.