Las manifestaciones de protesta en Irán contra la victoria (presuntamente fraudulenta) del candidato apoyado por los clérigos del régimen, el populista Mahmud Ahmadineyad, han removido los cimientos de la Revolución islámica por primer vez en 30 años. Pero, salvo evolución imprevista de los acontecimientos, no parece que nos encontremos con ninguna "primavera democrática" persa.
Según observadores desapasionados (como Joe Klein, de Time), aunque hay motivos para creer en el fraude electoral, tampoco hay dudas de que Ahmadineyad habría ganado las elecciones (probablemente, con la necesidad de una segunda vuelta). Su apoyo entre las clases populares es notorio, pese a que su gestión económica (con un notable aumento del paro y de la inflación) ha perjudicado a su base electoral.
Por otra parte, el candidato derrotado, Mir Hussein Musavi, pintado desde Occidente como un reformista, no deja de ser un conservador moderado (de lo contrario, las máximas autoridades, con el ayatolá Ali Jamenei al frente, no le hubieran dejado presentarse). Y, de momento, las convocatorias a sus votantes no van orientadas a poner fin al régimen islámico.
La prueba de que Musavi no es un rupturista es que, en el asunto clave para Occidente (el desarrollo del programa nuclear, con la finalidad de obtener el arma atómica), ambos bandos coinciden en no ceder en sus aspiraciones nucleares. De ahí la cautela (inteligente) de Obama tras las elecciones, censurando la violencia contra los ciudadanos pero sin cuestionar el resultado. Negocie con un bando u otro, sabe que el diálogo será difícil. A no ser que, una vez salido el genio de la libertad de la botella, la situación escape de las manos a quiénes quieren tenerlo todo atado y bien atado…