Llega el verano sin la avioneta habitual de aquellas rebajas de Félix Saenz que inauguraba el cielo de las vacaciones estivales y sin canción de fondo en los chiringuitos espeteros que a punto han estado de cagarse los jefes de Costas, empecinados en desterrar los iconos de la arena. Un ímpetu que no mostraron cuando el cemento se asomó a primera línea de playa ni en un presente sin saneamiento integral y con arena de cantarinas repoblando el rebalaje. Llega el verano pintando bastos y con el personal echando cuentas para ver cómo se monta el descanso de la familia y el entretenimiento de los más pequeños, mientras los padres trabajan en espera del turno de vacaciones. Dos problemas que se agravan este año. La economía anda paticoja y será más difícil apuntar a los pequeños a cursos de multideporte, a campamentos de inglés, campo y fogata e incluso a una de esas academias de refuerzo. Las alternativas que cuestan unos buenos euros a los que sumarle la ropa adecuada, la tarifa de los móviles de los infantes y algo de dinero de bolsillo para los días de salida y refresco. Un coste al que sumarle después lo que valen las vacaciones imperdonables y necesarias, para sacarse el susto y los callos del curro, durante una semana o quince días porque desde que somos europeos y el dinero vale su peso en oro pocos son los que pueden permitirse aquel antiguo mes de sueños debajo de la sombrilla. Vamos cambiando los españoles y ahora el personal se las ingenia para guardarse, si es que la empresa no los obliga, unos días por aquí, unos días por allá, con la idea inteligente de tener más treguas en las que recomponer el cuerpo y el espíritu. Y si encima la crisis aprieta, sin que sepamos a cuántos años está la salida del túnel, resulta lógico que el descanso se acorte. Ya lo dicen las agencias de viajes que no dejan de bajar los precios y que distribuyen las vacaciones entre las islas nacionales y la costa andaluza. Esto para los que tenían algunos ahorrillos y para los que se lían la manta a la cabeza sin pensar en las eres de septiembre. Otros, en cambio, tendrán que contentarse con las piscinas públicas, con el aire acondicionado y el tinto de verano.
Lo cierto es que no será un verano inolvidable. Hacía tiempo que el personal estaba acostumbrado a salir de casa, a entramparse con el banco para irse de crucero o a emplearse como refuerzo temporal en estas fechas. Un trabajo que la coyuntura económica hará caer en un 50%, tanto en lo referente a la mano de obra cualificada como a la de los estudiantes que encontraban en las vacaciones una pequeña fuente de ingresos. Incluso hay empresas que han decidido echar en cierre en agosto, olvidándose de hacer turnos productivos. Así están las cosas este verano en flama, en el que los que puedan se matricularán en cursos para aprender a emprender pequeños negocios de supervivencia, mientras otros comprarán algunos de los libros que filosofean acerca de cómo salir o aguantar la crisis. Tal vez lo único bueno de esta contención de gastos y desplazamientos es que este verano será más bajo el número de ancianos aparcados en residencias, aunque eso no les librará de que sus pequeñas pensiones sean confiscadas en un intento de hacer juegos malabares con el final de mes. Aún así, deseo que todo el que pueda disfrute de unos días de descanso y de los espetos mediterráneos porque al final del calor volverán la crisis y los de Costas enseñándonos sus dientes voraces.