En Anantapur, al sur de la India, acaba de fallecer, a los 89 años de edad, Vicente Ferrer, una de los mayores filántropos (una palabra hueca en boca de muchos pero que personas como él dignifican y engrandecen) de los últimos tiempos. Tanto su labor como su historia son bien conocidas gracias a libros, reportajes televisivos y entrevistas radiofónicas, sobre todo a raíz de que en 1998 se le concediera el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia. Instalado en la India como jesuita en 1952, a finales de los sesenta abandonó una orden religiosa que previamente le había abandonado a él (una institución cualquiera, sea de orden espiritual o político, ciega a la luz de uno de sus miembros, ¿no hemos visto esto demasiadas veces?), llegando incluso a exigir al Gobierno indio que le expulsase del país, al que Vicente Ferrer, sin embargo, pudo regresar después de un años y de que una marcha de 250 kilómetros realizada por 30000 campesinos obligara a Indira Gandhi, presidenta entonces de la India, a concederle el visado de entrada. Desde entonces, 1969, Vicente Ferrer consiguió convertir un erial geográfico y humano, uno de los lugares más pobres y desasistidos del planeta, en un modelo de desarrollo, convivencia, perspectivas y sonrisas. En Anantapur, en efecto, más de dos millones y medio de personas tienen, gracias a su genio y a su entrega, viviendas dignas, hospitales extraordinariamente bien equipados, pozos de agua potable y canalizaciones para regar los campos, escuelas gratuitas, universidades de gran nivel, caminos transitables, trabajo y comida asegurada. Un milagro fruto del tesón, de la buena planificación y de los miles de colaboradores sin ánimo de lucro, muchos de ellos, según me consta, malagueños, que han pasado meses o años a su lado contribuyendo a levantar ese dique contra los zarpazos despiadados de la pobreza más absoluta. También de los 155000 socios españoles que, apadrinando a un niño (que tiene nombre y foto, pero que simboliza a todos los otros niños del lugar, ya que las ayudas no se personalizan sino que se reparten a partes iguales entre todos), apuntalan económicamente esta gigantesca obra humanitaria. En Anantapur, por todo esto, se ha logrado algo menor o subordinado a lo enumerado con anterioridad pero que también merece la pena ser resaltado: muchos de sus residentes nativos hablan un castellano impecable, quizás en un número que no logren alcanzar bastantes de los Institutos Cervantes repartidos por el mundo.
Vicente Ferrer, que llevaba años padeciendo enfermedades ´incurables´ de las que se curaba con naturalidad y buen humor, ha fallecido en paz a causa, según las crónicas, de problemas respiratorios. Una paradoja más para cerrar una biografía ejemplar como pocas: el que fuera pulmón y corazón de millones de personas desesperadas, muriendo con los pulmones cerrados y el corazón destrozado después de haber padecido varios infartos. Todo, incluidos sus latidos y sus inhalaciones, se lo entregó a los demás. Su labor, por lo que parece, no corre peligro, ya que al frente de la misma se encuentran su mujer y sus tres hijos, que también llevan décadas demostrando el mismo entusiasmo contagioso y eficaz que el del fundador de esta obra prodigiosa. Vicente Ferrer acaba de morir, pero Anantapur seguirá ahí como referencia de que, en este mundo enloquecido por la depravación económica y por un egoísmo deshumanizador que abarca casi todas las esferas sociales, las cosas se pueden y se deben hacer de otra manera.