Algunas personas, empeñadas en ver cosas buenas o cosas malas donde lo único que hay son cosas, hechos, sucesos a secas, tratan de sacarle punta a todo. Y de paso dar a cuantos le oigan una inesperada lección de moralidad, de ética, de filosofía o, si se lo ponen a huevo, hasta de deontología, aunque no sean ni especialistas en nada ni tan siquiera sepan qué significa eso de deontología.
Pasear las calles de una ciudad lo suficientemente abierta al mundo como es Málaga y estar atentos a lo que se habla en mercados, en cafeterías, en corros eventuales en torno a una improvisada obra, (tres operarios con pico y pala, y docena y media de mirones, suele ser estampa habitual), de ésas que los Ayuntamientos montan en un pispás y un par de semanas después hay que volver a des-hacer para de nuevo re-hacer, o estar un poco al loro de lo que se habla y comenta en paradas de autobuses o colas del INEM, suele enseñarnos mucho.
Sobre nuestros prójimos más próximos y hasta si nos apuran, sobre nosotros mismos: pues al fin y al cabo no somos ni más ni menos que próximos prójimos de otros prójimos. Y gente, (nosotros, digo: usted mismo, lector o lectora–, o quien esto escribe), de nuestro tiempo. ¿Cómo iba a ser de otra manera? Aunque muchos sean los que se apuntan a esa tan extendida y también, si reparan en ello, extraña frase de "en mis tiempos...": ¡cómo si el tiempo en que esas personas hablan de "sus tiempos" fuera un tiempo que ya, por arte de birlibirloque, no les pertenece! En tanto sangre en nuestras venas corra y aire más o menos viciado en nuestros pulmones entre, y deseemos y queramos, y amemos y aborrezcamos, y riamos y lloremos, (un poco: por no reír más), gentes seremos de nuestro tiempo. Y el tiempo donde esas gentes en nuestro redor vive y padece, también es tiempo nuestro.
Me acuerdo ahora de un artículo que leía yo en este mismo diario, La Opinión de Málaga, –que es Diario abierto a todas gentes, como esta misma ciudad es ciudad abierta a mar y montes–, y donde su autor exponía datos y hacía reflexiones sobre unas estadísticas acerca de la permisividad para con el consumo de alcohol entre los jóvenes. Era un artículo de Juan Gaitán y decía cosas que son como son, pero que a la vez deben ser muy a tener en cuenta: por el mal que conllevan.
Y cosas o hábitos a los que se debería prestar la atención que se merecen y en consecuencia ponerse manos a la obra para reconducir las actitudes de algunos entes y más de una presunta autoridad competente: de no hacerse a tiempo, en un par de décadas, en década y media, o menos si me apuran, lo que ya hoy muchos llaman "generación perdida" será, irremediablemente, generación vencida por una muchedumbre de adicciones, la del alcohol una de las más peligrosas: por la permisividad misma que se le concede a su consumo.
Gaitán exponía hechos y advertía de sus consecuencias. Alguno de sus comentaristas, (me pareció: podría ser yo el equivocado), daba la impresión de no haber entendido plenamente la intención del articulista, y arremetía contra el mismo. ¡Hasta le invitaban a hacer botellón para poder hablar del mismo! Es como si tuviera uno que ser planta para poder hablar de botánica, se me ocurre. Sin embargo, que existe una cultura del alcohol es un hecho, y esto como tal ni es bueno ni es malo: es. Pero que la actitud de sectores sociales y hasta de instancias de poder efectivo (Ayuntamientos, por ejemplo) no siempre resulte ejemplar y merezca replantearse, es otra cosa. Y ésta sería lamentable, (¡y mucho!), si no se plantea con el debido rigor y seriedad: el alcoholismo, siendo en sí grave dolencia, es causa de otros muchos males irremediables. Como la locura o la muerte. Conque ya verán...