La dificultad para definir los servicios, pese a la importancia alcanzada dentro de las economías modernas, es bien conocida. Los problemas son aun mayores cuando se trata de servicios prestados a personas, cuya participación, en algunos casos, es esencial para la obtención de los resultados previstos. La educación constituye un ejemplo paradigmático al respecto, en la medida en que el logro de los objetivos contemplados depende en grado superlativo de la actitud y de la involucración de la persona receptora del servicio. Frente a formatos obsoletos, el estudiante no puede concebirse como un elemento meramente pasivo, sino que forma parte, intrínseca y crucialmente, del proceso de enseñanza-aprendizaje.
A lo largo de los últimos años vienen manifestándose una serie de testimonios que, en los distintos niveles educativos, apuntan hacia una aparente inhibición de los alumnos. En el terreno universitario, ésta encuentra su expresión más evidente en fenómenos tales como las inusitadamente elevadas tasas de absentismo en las clases presenciales, hasta ahora el pilar básico de la enseñanza, y en la escasa o nula participación durante el desarrollo de aquéllas, que no siempre reúnen las condiciones básicas de atención para su normal desenvolvimiento. Cuando, no hace mucho, una de las más prestigiosas figuras de las últimas décadas en el campo de la enseñanza de la Economía me comentaba que, en una ocasión, optó por interrumpir su exposición docente, llegando a abandonar el aula, como consecuencia de las continuas muestras de desatención, llegué a la conclusión de que la situación no era exclusiva de ámbitos más conocidos y de que podría tratarse de un síntoma de algunos problemas de fondo bastante extendidos, merecedores de un análisis sosegado.
En cualquier caso, quien elige la profesión docente como vocación es consciente de que, al tomar esa decisión crucial, asume en cierto modo el papel de Sísifo, aceptando libremente la condena de empujar –como el personaje mitológico, cada uno a la escala de sus posibilidades– la roca hacia la cima, una y otra vez, sabiendo que nunca logrará coronarla del todo. En esa pugna, a menudo ingrata, pero siempre gustosamente afrontada, se aferra a pequeños detalles, a testimonios ocasionales, a valores simbólicos o a rasgos intangibles que allanan el camino; a experiencias concretas que refutan la tesis de la desidia y de la desesperanza.
En efecto, a veces de manera inesperada, uno se topa con situaciones que muestran que la realidad, afortunadamente, es bastante más compleja y diversa de la que se desprende de los tópicos y clichés que se usan como moneda común. Hace varias semanas recibí una llamada telefónica de Andrés González, quien había sido alumno mío, hace años, en la Facultad de Económicas de Málaga, y que actualmente ejerce como profesor de Economía en el Instituto de Enseñanza Secundaria ´Río Verde´ de Marbella. El motivo de la llamada era plantear la posibilidad de organizar una visita a la sede de la primera institución financiera de Andalucía, complementada con una charla ilustrativa del sistema financiero andaluz y de los principales productos financieros, para un grupo de alumnos del primer curso de bachillerato, que también tenían previsto visitar las instalaciones del Parque Tecnológico de Andalucía. Aunque las ocupaciones nunca suelen escasear, y a pesar de no haber tenido ningún contacto con el referido profesor desde su etapa universitaria, naturalmente, no podía dejar de respaldar una iniciativa como la planteada.
A finales del pasado mes de mayo, en el salón de actos de Unicaja de la Plaza de la Marina de Málaga –lugar emblemático de la ciudad, de recuerdos imborrables, entre otros muchos, en el plano deportivo, donde uno tiene el privilegio de disfrutar de una selecta muestra de obras pictóricas del siglo diecinueve– tuvo lugar la conferencia, impartida por un técnico de la entidad financiera. Al término de ésta, se abrió un coloquio, en el que el nutrido grupo de estudiantes formuló un amplio repertorio de preguntas, por las que mostraron un gran interés, relacionadas con aspectos tales como las perspectivas del mercado inmobiliario, el destino de las viviendas adjudicadas por las entidades financieras, las opciones para la refinanciación de deudas, las variables esenciales tenidas en cuenta en la concesión de préstamos, la posibilidad de que un banco adquiera una caja de ahorros, las posibles fusiones dentro del sector financiero andaluz, el porcentaje que las cajas deben destinar a la obra social, el impacto de la morosidad, la composición de los órganos de gobierno de las cajas, las repercusiones de la crisis económica en las instituciones financieras, las actuaciones del Banco de España ante entidades en dificultades...
Comprobar, de primera mano, cómo adolescentes de dieciséis años manifiestan una inquietud por este tipo de cuestiones y evidencian una capacidad para formular preguntas relevantes con contenido es una experiencia alentadora y gratificante, que viene a quebrar la idea extendida de la actitud de la población estudiantil, proyectando una esperanzadora luz en un panorama donde corre el riesgo de cundir el desánimo y la desmotivación, y perfilando el surgimiento de algo más que unos prometedores ´brotes verdes´ para la extensión del conocimiento.
Como les comenté en el acto, tal vez alguno de esos jóvenes e inquietos estudiantes, dentro de unos años, dirija alguna entidad financiera, y quizás recuerde entonces el día en que por primera vez visitó la sede de una de ellas, donde lanzó al aire una pregunta que sólo el futuro podrá responder con total certeza.
* Catedrático de Hacienda Pública de la Universidad de Málaga