Al final lo que más horroriza de un crimen es su manufactura, o sea, el modo en que lo hacen las manos del criminal. Del crimen de Oviedo (estrangulada, descuartizada en la bañera, guardada la cabeza en el congelador, etcétera) espanta, sobre todo, esa voluntad bien pautada de desconstruir un cuerpo, en la que se expresa el funcionamiento de una mente. Suele decirse que se trata de mentes y acciones inhumanas, bestiales o salvajes, pero si se producen es porque están en nuestro código genético, igual que muchas enfermedades viven en nosotros en estado latente. El crimen no consiste en esa vida interior común del mal, sino en su afloramiento en un hacer individual, en el modo de ejecutarse. Pero incluso en estas maneras del crimen la individualidad es sólo relativa. En realidad esas secuencias que nos espantan han sido repetidas hasta la saciedad en el cine, espejo de nuestra alma.