La otra noche vi una cosita de terror (´Deadgirl´: no es la repera) protagonizada por un tal Shiloh Fernandez (sic; o sea, noc, no lleva tilde en la ´a´). Durante el visionado, el asunto llegó a niveles algo preocupantes cuando veía al interfecto absorto en dos pensamientos: primero, que el tipo era súper parecido a, ojo a los nombres, Gael García Bernal y Joaquin (sic; o sea, de nuevo noc, tampoco tilde en la ´i´) Phoenix, y, segunda, que Shiloh también es el nombre de uno de los bebés (una niña) de la prole de los intérpretes Brad Pitt y Angelina Jolie. Que los nombres raros empiecen a ser tantos, además de unisex, disparó mis señales de alarma. Es el signo de los tiempos, supongo: todos queremos ser diferentes, originales, nos horroriza lo común, la medianía. Así que, desde luego, que alguien llamado Michael Jackson, quizás una de las identificaciones anglosajonas más comunes, llegara a ser una supernova extraordinaria (¿extraterrestre?) agranda el crédito legendario del cantante o habla de cómo hemos cambiado, en realidad.
Debe de ser una condena llamarte Shiloh Fernandez (´shiloh´ es el mesías en hebreo; creo que el tal Fernandez no es judío, por cierto) o Audio Science (hija de la intérprete Shannyn Sossamon, de la que, casualmente, también vi una peli el otro día, una película más horrorosa que de horror titulada ´Catacombs´): tienes muchísimas posibilidades de que lo que amases a lo largo de tu vida no responda a las rimbombantes expectativas creadas por tu nombre. Pero, al fin y al cabo, siempre ha sido así: a mí me llamaron Víctor y no sé si en el cómputo de mis años vividos hay tantas victorias como derrotas, la verdad. Al menos no me llamo Salvador.