Unos días después salió por fin a la calle, faltando así a su inicial promesa de que: "¡Y no voy a volver a poner un pie en la puta calle hasta que cesen al miserable ese que nos niega el pan y el agua!" Se refería al presidente del Gobierno, culpable, según él, de las penurias de diversos grados y magnitudes, todas de índole económica, –¡por supuesto!–, por las que atravesaba el país. ¡Como si el pobre hombre, (nos referimos ahora al señor ZP), tuviera la culpa de la crisis global que recorría, como un fantasma, los siete mares y los cinco continentes!
–¡Ter, que te dejas el sombrero! Este hombre... ¡Qué cruz, cielosanto!
La mujer, previsora, le advierte. De sobras sabe lo que le puede sobrevenir si el marido descubre, una vez llegado a la Cafetería ´El Sol´, que no lleva consigo el sombrero, el bastón, y el inevitable libro bajo el brazo. Esto último, lo del libro bajo el brazo, es costumbre que adquirió en sus años de Facultad. Era rarísimo verle sin un libro, el que fuera, bajo el brazo. ¿Se olvidó algo en casa? Allá que el bueno y gran cascarrabias de Tertuliano manda un propio a casa, le da un aviso por teléfono a la mujer, y se hace traer el objeto olvidado. Un incordio recurrente, desde luego.
– Gracias, mujer. Qué cabeza la mía, ¿dónde tendré yo mis neuronas?
– ¿A mí me preguntas, Ter? ¡En mi vida te he visto una de esas cosas!
Debemos advertir que la mujer, gran conocedora de las modas y los chismes del barrio, lectora de diversas revistas y diarios de prensa, y fiel seguidora de las publicaciones del Círculo de Lectores, aunque sabe de sobras qué son las neuronas, se goza en hacerle creer al marido que él, de neuronas, ni una lleva encima. O al menos ella: "Yo nunca te las he visto." Y Tertulio, como se le conoce entre los íntimos, casi rabia de ira: cree que la mujer ignora qué sean las neuronas.
– ¿Qué sabrás tú de neuronas? Además, ¿qué clase de conversación es esa para ama de casa seria, mujer? ¡Habráse visto, adónde vamos a llegar!
Cree nuestro caballero que el hecho de ser mujer incapacita, o casi, para tratar de ciertos temas. Es un tipo en todo chapado a la antigua, como se suele decir. Una especie ibérica digna de la más pronta extinción, añadiríamos por nuestra cuenta.
– ¡Venga, venga, Ter! ¡Si ya hay mujeres hasta en la Legión! Y dime, a ver qué libro te llevas hoy de paseo. ¿No será otra vez el del Papa y las Cruzadas, eh?
Porque ella le llama Ter, a secas. Más familiar, aunque suene a trenes y eso. Tertuliano es muy largo, y además acaba en –ano: a ella no le gusta. Y Tertulio le parece más apodo burlesco que no un nombre de respeto. ¡Si supiera que le llaman en la peña "don Tertulio II", o Segundo, desde que estuvo llevándose durante meses un tomo sobre la vida del pontífice Urbano II y él decía, una y otra vez, "segundo, como nuestro rey don Felipe II".
–No. Esta vez es la historia de la Orden de Cluny, a la que perteneció...
– ... Odón de Lagery, luego Urbano II. ¡Lo que me temía! Qué monotemático eres, Ter. ¿Y no ves que haces el ridículo entre aquellos que dicen ser tus amigos en el Casino y sólo te hacen hablar para sacarte las copas, hombre de Dios?
– Siempre he sido generoso, y tú lo sabes, Claudia. ¡Nunca nadie que se acercó a nuestra casa y sombra se marchó defraudado! ¿No es un honor, en estos tiempos tan trastornados de valores? Además, ya se llama Cafetería ´El Sol´. El Casino pasó a la historia. ¡Son los tiempos, Claudia: estos trastornantes tiempos!
Claudia, la mujer, mil veces más leída e inteligente que el bueno de Tertuliano, suspira y se va a sus tareas rezando para sus adentros un: "Sí, y si no es por mí, en pelotas estaríamos por tu generosidad." Verdad inmensa como un mar.