Soy de chiringuito porque en las playas vírgenes españolas hay poca sombra y porque cuando aprieta la sed y alguien ofrece una caña (aunque sea mal tirada) más que hostelería hace misericordia dando de beber al sediento sin vestir al desnudo. Aunque cobre por ello.
Anotado esto, cuando Mariano Rajoy proclamó que los chiringuitos "forman parte de la identidad española" me puso de lado de la Ley de Costas. Si nuestra identidad incluye la ocupación de espacios públicos sin licencia, con permiso caducado o con elevación y extensión superior a lo concedido, como sucede con algunos de estos establecimientos, es hora de que cambiemos de identidad.
Toda identidad nacional viene de tiempos menos higiénicos y conviene no identificarla con la porquería que tanto atrae a las moscas, con la basura sin reciclar, con los regueros de líquidos misteriosos y con los olores invasivos.
Los españoles somos muy ruidosos, algo que no nos hace mejores, pero en nombre de la identidad no consideraría más patriota al más chillón. Preferiría renunciar a este rasgo identitario. A los chiringuitos les impediría sembrar la arena de altavoces desde los que desagradar en ritmo y volumen con la música que ponen e imponen desde una cabina, amparándose en que en verano se toman vacaciones de la inteligencia normal y se puede bailar cualquier letra y ritmo.
Si la identidad española incluye esa igualdad de género de dos servicios malolientes con el suelo empapado, baldeados a primera hora y dejados a su suerte hasta la noche, con mucho gusto me proclamo canadiense.
Lo demás, que en el chiringuito el frío se venda con beneficio bancario (en los helados) o que sirvan el arroz más especulado (en las paellas) forma parte del negocio temporero y azaroso y lo admito mejor por las leyes de mercado y, si fuera el caso, por formar parte de la identidad española.