Han pasado ya 150 años desde que el matemático alemán Bernhard Riemann le diera los últimos toques a lo que es el problema más importante, todavía no resuelto, en el ámbito de las matemáticas puras. Nada supera en el mundo de esa ciencia la fascinación que produce la hipótesis de Riemann. Un maravilloso problema –o conjetura – que, con su función analítica zeta y ese prodigio que son los ceros no triviales, nos sigue cautivando. Incluso a los que no dejamos de ser unos modestísimos aficionados.
Tengo un buen amigo sueco que ejerce la docencia desde hace ya tiempo en la universidad de Uppsala. Me recomendaba como una especie de ejercicio de medicina preventiva la inmersión periódica en el mundo de los números y el universo que nos espera detrás de ellos. Sereno, inmutable, con la reconfortante frialdad de lo que no podemos tocar ni manipular.
El ilustre académico escandinavo añadía que los que vivimos en sociedades con un grave déficit de moralidad pública y, por lo tanto, en crisis ya endémica de valores éticos y cívicos, estamos sometidos a un stress brutal por nuestro entorno.
Según él, Suecia no es ni mucho menos una sociedad perfecta, como tampoco lo son los otros países nórdicos. Pero lo que él percibe que está ocurriendo en España o en Italia –países que conoce muy bien y a los que ama profundamente– es una especie de seísmo social que puede tener complicadas y lentas soluciones.
Me ha pasado una copia del correo que le ha enviado su hermano mayor, jubilado y residente en la región valenciana. Como si de un parte de guerra se tratara, le pone al día sobre las últimas batallas o escaramuzas libradas en un frente que se parece a la guerra de trincheras clásica. Desde su casa ya no puede ver el mar. Los monstruos de cemento lo impiden. Por supuesto, esa vista se le garantizó en el momento de la compra. Sí puede contemplar un grupo de palmeras agonizando por el famoso picudo que se nos coló desde zonas endémicas, cuando se relajaron los controles de importación de ese árbol. En gran demanda entonces para poblar las zonas ajardinadas de las nuevas promociones inmobiliarias. Y sobrevolando todo ese paisaje, la sombra perenne de la corrupción.
La reciente aprobación del demoledor informe Auken por el Parlamento Europeo le da ciertos ánimos a él y a los 15.000 ciudadanos de la UE residentes en el Levante español que reclamaron por los atropellos urbanísticos. Quizás por ser danesa la ya ex parlamentaria Margrete Auken, piensan que este documento tiene todavía un recorrido institucional importante en la Comisión Europea. Por supuesto, no olvidan que los dos grandes partidos españoles en la alta cámara de Estrasburgo no apoyaron el informe. Tampoco olvidan, con gratitud, que gran parte de los parlamentarios de otros países de la Unión no secundaron el sentido de la votación de sus correligionarios españoles.
No puedo evitar citar al maestro Félix Bayón, que siempre estuvo empadronado en el mundo de las matemáticas puras, cuando nos decía que su mayor deseo era que su pueblo, en la costa malagueña, se convirtiera un día en una Dinamarca con buganvillas. ¡Que así sea!