Testamentario

 

Lucas Martín

La renuncia no siempre obedece a categorías lógicas. A veces se niega o se repudia por falta de tiempo, lo que discursivamente resulta muy vulgar. Existen actividades, e incluso personas y utensilios, de los que uno se detrae porque sencillamente no puede, porque no da para más. En mi caso, ocurre con la franja del vermú, pero también con cuestiones menos azucaradas y más miserables como el testamento. Quizá exagere un poco. Si aún no he redactado el mío no es sólo por apuros de calendario, sino también por un rechazo latente a su funcionamiento. El testamento de Michael Jackson ha dejado en el ostracismo su propia muerte y yo no quiero que con el mío pase igual. Puede que se trate de un documento necesario, pero también altivo y deplorable. Como problema tradicional, siempre me he sentido más atraído por las lindes. Luego está su redacción, absolutamente bochornosa. Que tu última voluntad y tu primera obra postmorten con público en directo esté escrita en lenguaje notarial y atiborrada de expresiones como "otrosí" o "mismamente" no puede más que espeluznarme hasta el punto de desearle la muerte a dos o tres profesores de derecho mercantil. Quizá por eso me empeño en la literatura. Si tuviera que elaborar mi testamento, aquí y ahora, de manera bronca e inopinada, me vería en la obligación de copiar el de otra persona, acaso un militar francés, lo que también supondría un problema. Entre otras cosas, porque, a día de hoy, carezco de la más elemental teoría del paisaje y no poseo campiñas ni sobrinos a los que contrariar o fortalecer. Lo único que podría legar al mundo serían mis libros. Una vez estuve a punto de convertirme en el heredero indirecto de una biblioteca con más de tres mil volumenes e inéditos de autores con nombre de fundación, pero mi padre se aferró a la prédica marxista y rechazó el regalo al grito de la cosa pública y el futuro de la humanidad. Desde entonces, no me gusta el asunto del marxismo, pero sobre todo por Stalin, lo que denota mi falta de carácter y temperamento natural. Mi admirado Thomas Bernhard utilizó su última voluntad para arremeter contra Austria. Ese sí que me parece un texto digno, de mayor vivacidad moral. El testamento anti-necrofilia, el testamento como negación. Le niego todos mis bienes a mi vecina Enriqueta y a la Conferencia Episcopal: un gran comienzo, tal vez.

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