Me ha sorprendido leer esta semana una noticia que cuenta que una periodista de la Agencia Efe, Pilar Ferrer, que llevaba trabajando 32 años para la misma, fue despedida a principios de año por autoplagiarse. Este miércoles pasado tuvo lugar un juicio, que contó con la opinión de dos catedráticos, uno a favor y otro en contra de la periodista, cuya sentencia espero con impaciencia. No he podido leer los artículos de Pilar Ferrer causantes de su despido (la noticia dice, en el único ejemplo que cita, que entre 2007 y 2008 escribió tres muy similares sobre la alopecia) y tampoco los buscaré porque no es la verdad literal o no de este supuesto delito de autoplagio concreto lo que me parece más interesante de esta historia.
Lo que en realidad me ha llamado la atención en este asunto es que una práctica tan generalizada, y tan aceptada social e intelectualmente, le haya costado el puesto de trabajo a una persona. Conozco decenas de profesores de todos los niveles universitarios, y de catedráticos como los que declararon en este juicio, que, llevados por la presión de hacer méritos académicos o por mantenerse en el escaparate, se autoplagian (y en más ocasiones de las que salen a la luz, plagian sin más incluso a sus propios ayudantes y becarios) sin rubor artículo tras artículo, conferencia tras conferencia y libro tras libro. Muchos articulistas famosos escriben año tras año textos gemelos sobre sus obsesiones (contra los toros, a favor de la legalización de la marihuana, sobre el calor del verano, etc.) sin que nadie se lo critique y, supongo, sin que sus jefes les disminuyan el sueldo. Los políticos calcan sus declaraciones públicas y sus promesas electorales sin que eso les suponga denuncia ante tribunal alguno. Hay escritores que llevan escribiendo el mismo libro decenas de años, y poetas con veinte o treinta títulos que sólo le han dado a la Humanidad un único poema al que se han limitado a poner nombres distintos. La misma Naturaleza reproduce milimétricamente sus rosas y sus tormentas, en un autoplagio que podría calificarse de cósmico, sin por ello perder un ápice de su prestigio ni de su poder de seducción. Autoplagiarse es lo normal: los cantantes populares repiten temas y estribillos hasta la saciedad (y seguimos comprando sus discos y acudiendo a sus conciertos), los publicistas retoman ideas e imágenes de sus anuncios antiguos sin que eso les obligue a pasar facturas disminuidas a sus contratadores, las revistas y los programas de televisión y de radio especializados (moda, salud, motor, perros, turismo) ofrecen una y otra vez reportajes casi siameses que, además de titularse de manera diferente, son firmados por personas distintas.
Es probable que autoplagiarse no sea moral. Yo procuro no hacerlo, aunque en ocasiones es imposible no hacerlo: sobre la alopecia, por volver a uno de las pruebas que la Agencia Efe ha esgrimido contra su ex colaboradora Pilar Ferrer, ¿cuántas cosas irrepetidas se pueden escribir en pocas páginas de carácter divulgativo? La Agencia Efe hizo mal en pedirle o en aceptarle a la periodista tres artículos en tan breve espacio de tiempo sobre un asunto tan limitado, lo cual demuestra que esa agencia de noticias, llevada por su necesidad de generar textos, también se autoplagia a la hora de pensar o encontrar temas noticiables. No estoy defendiendo el autoplagio sino constando que forma parte de nuestro entramado social y mental, y que, por eso, utilizarlo para echar a la calle a cualquier profesional me parece una canallada.