Manuel Jiménez Friaza
Están nuestros oídos tan desacostumbrados a oír la voz de la razón en el análisis social de nuestra realidad, es tan monótono y pobre (tan poco libre y diverso) el debate intelectual en España, que nos congratulábamos el sábado pasado de la aparición (en el boletín de julio de ´Actualidades´, del Centro de Estudios Andaluces) de un estudio, inusitadamente lúcido y necesario, sobre el vandalismo urbano considerado como fenómeno social emergente en las principales ciudades andaluzas. Seguimos hoy con ello, centrándonos en el ´locus´ en que se escenifican estos actos de gamberrismo que, como se refleja en este informe, no han dejado de aumentar desde 2.005.
Partimos del hecho cierto –que debemos considerar una verdad objetiva, punto de inicio del entendimiento de este fenómeno– de que nuestras ciudades sufren un proceso de mercantilización y privatización de los espacios públicos urbanos progresivo y, a lo que parece, imparable. Los profesores Jordi Sánchez y Aix Gracia lo explican desde dos perspectivas: la primera, la potenciación y desarrollo del sector terciario, y en concreto del potente negocio turístico; lo que se llamó ´primera modernización´ de Andalucía. Esto implica disponer y equipar las ciudades de cara a las visitas más que para sus habitantes. La segunda es la perspectiva ´culturalista´ que da por sentado que en nuestra tierra el negocio está en la calle –sea por las explotadas más de 3.000 horas de sol de que disfrutamos y sufrimos, sea por nuestras arcanas tradiciones de ´hacer vida´ en la plaza y la acera más que dentro de casa, o sea porque una cosa lleva a la otra.
Esta disposición urbana tiene como consecuencia, ´more geométrico´, la estratificación en círculos concéntricos: la ciudad del centro –que se cosifica en el supuesto tipismo atemporal grato al turista posmoderno–, la ciudad de los emblemas –antiguos y modernísimos, da igual, pues aquí lo que se vende son símbolos de prestigio y poder: historia y progreso– y la ciudad de los arrabales, dejados a la buena de Dios, como siempre. Recuerdo, a modo de ejemplo, haber visto con ingenua sorpresa de ´caído del guindo´ un documental que mostraba la descarnada Venecia real en que viven y trabajan los venecianos –que los hay– en contraste con la ´Venecia postal´ que todos tenemos en la memoria de la retina.
Así planteado el embudo, a modo de círculos de Dante, la ciudad contemporánea hay que entenderla como un escenario ´micropolítico´ en el que las relaciones de poder inciden directamente en la vida cotidiana. Es un escenario donde se dan cita estrategias del poder municipal y tácticas de ´resistencia´ –individual, grupal– de los ciudadanos que se sienten estigmatizados por vivir en el círculo del suburbio, esto es, en lo que hoy se llama ´la exclusión social´. La ciudad es, por tanto, una obra dialógica –de diálogo de sordos, casi siempre– llena de preguntas y respuestas, de acción y reacción. Y sobre ese fondo únicamente podemos entender el gamberrismo emergente.
Jordi y Aix descubren en su estudio que los actos vandálicos se centran especialmente en la ciudad de los ´monumentos´ y en el mobiliario urbano. Pero sacan a la luz, respecto a este último, un hecho sorprendente: los objetos en que, mayoritariamente, se ceba el gamberro son aquellos marcados simbólicamente por el poder municipal: contenedores de basura –el fetiche favorito, fácil y rápidamente incendiable–, marquesinas y ´mupis´, bicicletas de alquiler... Pero, fijémonos bien: apenas se atenta contra los aseos, verdadero ´bien común´ público, sin capacidad de emblema.
Hemos convertido la proyectada ciudad celeste (la de Dios, la de las Luces) en la ciudad infernal del capitalismo agónico. Las ciudades, que deberían ser el lugar en que el acorde entre cuerpo, espíritu y mundo fuera posible y, en una reviviscencia del ágora y el zoco, el escenario deseable del diálogo íntimo y el debate público en armonía ideal, han devenido, sin embargo, en este embudo en que sus círculos dantescos trazan con exactitud la geometría del infierno contemporáneo.